28 septiembre 2020

LA LARGA POSGUERRA DEL 45 EN CASI VEINTE AÑOS

Francisco Javier Rodríguez Barranco


            ¿La familia? Ah, pues yo cuando sea mayor quiero creer en las familias felices. Claro que sí. Es la ilusión de mi vida. No sé, me transmite muchas cosas y además lo he visto en las películas y en las teleseries, normalmente made in USA. Y Hollywood no puede mentir: todo mi mundo se desmoronaría en un instante.

            Nos situamos así en el libro que nos ocupa y a  uno, la verdad es que le resulta emocionante, casi estremecedor, conocer en persona, ahora ya en su soberbia madurez, a esa niña con trenzas a la que ha leído nacer y luego crecer, las mudanzas, ir al colegio, el Bachiller por libre, el primer amor, etcétera. No todos los días conoce uno a la protagonista principal de un libro.

            Pero ya que hemos empezado por la familia, como no podía ser de otro modo cuando se narran los primeros veinte años de vida de una persona, ¿qué modelo de familia nos muestra Corona? Básicamente el que instauró un padre que no dio un palo al agua en todo su humano discurrir por este valle, que para él más que de lágrimas, lo fue de alcohol; que nunca se levantaba antes del mediodía, fumando en la cama hasta que los niños regresaban del colegio y se incorporaba al mundo de los bípedos solo para ir al bar a tomar café y aguardiente, su desayuno estrella, todo ello cuando en la familia hacía falta dinero, como en todas las familias de la época, y Corona necesitó el mecenazgo de otras personas para poder hacer el Bachiller.

            Nos habla la autora eufemísticamente al referirse a su padre de un espíritu libre para el que no se inventaron los horarios, pero esa persona no fue nada más que un zángano, apto tan sólo para posar en las fotos del carné de familia numerosa. Y no quiero yo ponerme en plan moralista a lo Esopo, pero si recordamos la fábula de la cigarra y la hormiga, la primera es una especie de parásito de la segunda. Para que existan cigarras, es necesario que las hormigas trabajen el doble. De otro modo, el invento no funciona. Para que existan espíritus libres es necesario que coexistan espíritus responsables y ese papel le tocó muchas veces a la propia niña Corona, la mayor de cinco hermanos, poseída además por la neurasténica idea del amor al estudio.

            Todo comienza en Cantalejo, una urbe de la provincia de Segovia, a la que el rey Alfonso XIII le concedió el título de “ciudad”, una distinción que, hasta donde llegan mis torpes conocimientos, no ostenta aún la capital madrileña. O quizá es que a la villa y corte le gusta relamerse en el binomio “villa y corte”. Pues, bien, de Cantalejo puede afirmarse al leer Casi veinte años que era una población con una cierta actividad industrial, dentro de unas coordenadas artesanales anteriores a la invención de la máquina de vapor, es decir, la única ciudad de España dedicada a la fabricación de trillos, que complementaban con la elaboración de cribas para separar la paja del grano. Pero que sobre todo extendían su actividad a los “veranos”, es decir, viajar por diferentes regiones de la geografía nacional para lo de los trillos y las cribas, unas situaciones que Corona describe como «economías de subsistencia y miseria generalizada, con un índice muy elevado de analfabetismo que les hacía soportar esas condiciones con resignación” (p. 40). Paráfrasis pura del “A ver qué remedio” en que pueden glosarse unas décadas de penurias inagotables.

            Nacida en 1945, Corona remonta los recuerdos a los orígenes familiares, padres y abuelos, y el mundo que nos desbroza es el de una sociedad semianimalizada. Porque Castilla, amigos míos, no es ese vasto pecho de contención ante la tormenta nacional, según nos pintaron los hombres del 98, tan necesitados ellos de agarrarse a valores firmes cuando se apagó la última brasa de grandeza española. Castilla es la región de la quina y la inquina, un terreno reseco abonado para el resentimiento, personas que nacen ateridas, crecen resignadas, se multiplican derrotados y mueren amargadas, casi como un alivio. Imperio de lo tóxico, incluso en la intimidad de la familia, o precisamente en la intimidad de la familia. Rencillas fraternales de por vida a causa de, pongamos por caso, una tapia medianera que se halla unos centímetros más allá o unos centímetros más acá. Abuelos que son como ogros, comparado a los cuales el sacamantecas es un niño de teta. Y de ello, como no podía ser de otra manera, habla Corona en su libro.

            Así, si recordamos los lutos, aquellos lutos eternos, lisérgicos, mucho más exigentes con las mujeres que con los hombres, Corona nos dice: «El primer año de luto, con la gasa sobre la frente, si salían a pasear algún domingo, tenía que ser hasta los lavaderos, donde no las viera nadie que pudiera criticarlas» (p. 56). Y sí, ya sé que todo es bastante lorquiano, pero ésos son los hábitos que yo he conocido en Castilla: mi madre, por ejemplo, se casó de luto porque mi abuela paterna había fallecido pocos meses antes. Al hablar de la, digamos, vida social en la taberna, Corona recuerda con respecto a su padre: «Bebía, fumaba y blasfemaba como un carretero. Pero ni más ni menos que la mayoría de los hombres del pueblo, que con esas demostraciones se creían muy machos, muy orgullosos de su virilidad» (p. 117). Aunque el punto álgido, a mi entender, se alcanza al hablar del abuelo paterno y su tía Clara: «Mi abuelo Gregorio siempre estuvo enfadado con mi madre, a la que nunca perdonó haberse llevado la paga de su hijo. Apenas la soportaba y procuraba desprestigiarla siempre que podía, lo mismo que su hija Clara» (p. 66). Un amor de persona, vaya, que también podemos perseguir en otros momentos del libro. Así, la madre de Corona acude diariamente a cuidar a su suegra, pero «cuando entraba en la habitación se retiraba la familia, haciéndole el vacío» (p. 79). Durante los años madrileños, de los que luego hablaré, la familia regresa al pueblo en verano para disfrutar de unos momentos de intimidad entrañable, pero, ¡oh, desdicha!, «Mi abuelo se mostraba como siempre, seco y duro. Iba a visitarle con recelo, sabiendo que apenas me haría caso. No demostraba ninguna alegría al verme» (p. 208). Toxicidad palpitante. Relaciones anaeróbicas. Y es que los abuelos en Castilla no son como el de Heidi. Qué va, qué va. Para nada.

            En Castilla la valía de cada cual se mide por la cantidad de penas que atesora como el bien más preciado. En Castilla la felicidad es engañosa, evanescente, ridícula o, lo más habitual, censurable. Por eso acumulan penas sin cesar, para agigantar la talla personal. En Castilla el sufrimiento es una obligación moral. «Pero mi tía Clara decía que era nuestra obligación, y que si nos contagiábamos, ya nos curaríamos después» (p. 246), en relación con una tuberculosis detectada al abuelo paterno, cuando en realidad lo que la tita Clara pretendía era que si las hijas estaban fastidiadas, las nueras lo estuvieran igual. ¿Y los niños? Ah, si se contagian, que se contagien: que hubieran tenido más cuidado.

            De Cantalejo la familia se traslada a Madrid a principios de la década de los cincuenta para conocer en vivo y en directo a ese inmenso poblachón manchego, según le definió Mesonero Romanos en la década de los treinta del siglo XIX y todavía lo era en la década de los cincuenta del siglo XX, como emana de las páginas de Corona y nos han trasmitido autores como Carlos Saura, que además de excelente director de cine es un gran fotógrafo y hace poco pude asistir a una exposición suya con ese tema, Madrid, y en esos años, los cincuenta.

            Corona organiza su libro de manera que avance de lo social en la infancia hacia lo personal, lo más íntimo, en la veintena recién alcanzada, arropado todo ello por un estilo que se parece mucho a una charla con el lector. Es la evolución entre dos mundos lo que nos cuenta la autora: de la Edad de Piedra, pues la técnica de los trillos se aproxima demasiado a los perfiles del sílex, a la Escuela Normal de Magisterio con profesores enchaquetados y una directora que realizaba comentarios críticos de las noticias a principios de la década del desarrollismo. Del arado con animales se pasa a cosechadoras mecánicas en Cantalejo mientras el Metro se expande poco a poco por Madrid y Corona evoluciona personalmente de la misma manera que evoluciona la sociedad española. Las chicas empiezan a usar pantalón, llegan las turistas con bikini, el teléfono a las casas, etcétera. Lo que no puede afirmarse de gran parte de los familiares que aparecen en Casi veinte años, anclados de por vida a una era mítica de mezquindades aceradas.

            La obra que nos ocupa es la historia de una superación de alguien con tan pocas posibilidades en la vida. Corona no para de compararse con otras personas, siendo niña en Cantalejo y desde los nueve a los diecinueve años en Madrid, para buscar modelos más espirituales de vida. Nuestra protagonista observa actitudes diferentes en otras casas donde las madres, por ejemplo, invitan a merendar a las amigas de su hija, donde los éxitos personales son motivo de alegría, donde, en definitiva, imperan la racionalidad, la generosidad y la ternura. Y hacia la consecución de esto dirige Corona sus esfuerzos.

Llegados a este punto, uno es consciente de que cuando se redacta un libro de memorias, las cosas son como son o, al menos, como se recuerdan, si es que ambas posibilidades no son una misma cosa. Es decir, que los sucesos ocurrieron como ocurrieron y no como nos hubiera gustado que acaecieran. En una obra de ficción se puede, y se debe, fantasear todo lo necesario para soportar una determinada trama. Pero esa opción, por su propia naturaleza, está vedada a un libro de memorias. De manera que no podemos derivar nuestro análisis hacia el argumento de lo narrado, pero sí nos es dado especular acerca de las intenciones: ¿qué mueve a Corona a escribir este magnífico libro con la pulcritud estilística que le caracteriza? Lo suyo sería preguntárselo a la propia autora, claro, pero entonces vaya birria de reseñador que sería uno. Hay que arriesgar una opinión, un criterio que proceda no ya de los hechos, pues ni siquiera Dios, según los principios básicos de la escolástica, puede cambiar el pasado, pero sí del tono en la exposición. Así las cosas, lo que no se aprecia en Casi veinte años es un ajuste de cuentas con el pasado. Más bien todo lo contrario: lo que evoca el libro de Corona es un deseo de paz y de reconciliación. Algo así como colocar a todos sus fantasmas en fila para decirles a la cara: “Y, bueno, ya está. Todo aquello pudo ser mejor, manifiestamente mejor, pero ya está. Vosotros fuisteis lo que fuisteis, pero yo ahora soy lo que soy, que me hubiera gustado otra experiencia, pero he logrado mirar hacia atrás sin rencores y esa es mi gran victoria”. No se trata, pues, de ahuyentar a los fantasmas, sino de aprender a vivir con ellos y creo que ese es el principal viaje para cualquier persona en la vida.

            Así sea.

            Y todo lo anterior en el período que va de 1945 a 1965, que son las casi dos décadas que abarca el libro: sí, desde luego que sí: fue muy larga aquella posguerra del 45. Algo que en mi biografía personal no pude apreciar, dado que de esos casi veinte años tan sólo comparto con Corona los que van de 1961 a 1965, que realmente me dejaron muy pocos recuerdos..

            Pero hay una cosa que sí he experimentado como Corona nos transmite en su libro y es que entonces éramos humanos, una humanidad que se ha prolongado en España hasta que la tecnología, con su dictadura de la individualidad, ha derrocado sobre algoritmos binarios. Pero todavía he vivido en calles donde la gente se conocía y se echaba una mano. Donde unas madres ayudaban a otras y los niños nos criábamos colectivamente. Donde todos sabíamos todo de todos, quizá demasiado, pero los vecinos eran vecinos y no entes ectoplasmáticos, humanoides con piel de plástico. Hace pocos años quise ver qué pasaba un 6 de enero por la mañana en Málaga y tan sólo hallé en la calle a un niño pasivamente embutido en un coche con motorcito eléctrico manejado a distancia por su progenitor. Eso era impensable en la España de los sesenta, donde el Día de Reyes era la gran, pero no la única, facundia colectiva de la infancia y creo que eso nos hizo mejores personas y mejores ciudadanos.

            Sí, definitivamente, creo que en aquella época todos éramos humanos. Incluso en circunstancias tan duras como las que se comparten en Casi veinte años, todos éramos humanos. Muchas gracias, pues, Corona por este libro, que es tu libro, tu gran libro de recuerdos, pero que son también los recuerdos de muchos millones de españoles.

 

 

 

Casi veinte años. 1945-1965. Desde Cantalejo

Corona Zamarro

Alhulia (2019)

 

 

 

 

 

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