24 septiembre 2020

SOBRE LA LUZ DE MIS OJOS

SEBASTIÁN GÁMEZ MILLÁN


A medida que nos adentramos en la poesía de Aurora Gámez Enríquez (Coín, Málaga, 1956), junto con unos ritmos musicales que están en el origen de la poesía, llama la atención en cada poema, casi en cada verso, el gozo de nombrar, de procurar llamar a las cosas, no por los nombres que comúnmente empleamos en la sociedad, sino por el nombre con la que la poeta los bautiza y rescata del no ser.

Leyendo su poesía recuerdo a menudo aquello que señalaba aquel maestro de la lengua y Director de la Real Academia Española, Fernando Lázaro Carreter: “Los poetas juegan al ajedrez sin tablero”. Ella modela y moldea el lenguaje a su manera, pero de forma que ensancha los cauces expresivos de la lengua, descubriendo ritmos y espacios inusitados.

Salvando las distancias, en un tono neo-popular, como lo hicieran, cada uno a su modo, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca, por mencionar a tres andaluces universales, Aurora Gámez Enríquez canta y celebra todo aquello que gira alrededor de su vida.

 

“El canto de mi tierra

lo llevo dentro

como el rumbo de un barco

siempre lo encuentro.”

 

Sin embargo, en un rasgo vanguardista, no usa habitualmente comas, lo que invita al lector a desempeñar un papel más autónomo, a demorarse y marcar las pausas. A diferencia de la prosa, la poesía se caracteriza por incitar a ser leída más lentamente, al fin y al cabo es una expresión lingüística más cuidada y condensada.

Como en otros poemarios suyos, pienso en Del azahar era el valle (2017) –espléndido hipérbaton que permite leer e interpretar en al menos varios sentidos el título–, en La luz de mis ojos (2020) apreciamos variedad formal de composiciones: liras, canciones, haikus… con los que la autora experimenta, juega e indaga.

El tema e hilo conductor de La luz de mis ojos es la familia. Son poemas circunstanciales dirigidos a diferentes miembros de la familia que se ramifica y crece dentro del árbol de la vida. Por tanto, puede entenderse como un canto a la familia reunida. Veamos otra muestra de tono neo-popular que evoca por su léxico, sus motivos, expresividad e inocencia a la poesía de Federico García Lorca, la primera estrofa de “Al-Andalus en tu mirada, Jazmina”:

 

“La cítara suena cuando ella se mueve

  la guitarra canta si ella está alegre

  el mundo es más bello si ves que crece.

  Por calles por parques y plazas pasea.

  Mirlos y jilgueros cantan su belleza

  de niña preciosa de niña perfecta”.

 

En otros poemas advertimos el valor ritual de la poesía, cercana a veces a la oración religiosa. Con valor ritual nos referimos a que, ante la incertidumbre de la existencia, en ocasiones en la poesía se deposita una esperanza a fin de que se vea cumplida. Un ejemplo memorable de ello es el célebre “A un olmo seco”, de Campos de Castilla (1912), de Antonio Machado. Recordamos que se trata de una descripción poética de un olmo viejo, casi podrido y seco al que la primavera ha verdecido alguna rama. En ella el poeta vislumbra una luz de esperanza, manifestada en el epifonema:

 

  “Mi corazón espera

  también, hacia la luz y hacia la vida,

  otro milagro de la primavera”.

 

Conociendo el contexto biográfico del poeta, sabemos que se trata de la esperanza de que su joven mujer, Leonor, enferma de tuberculosis, se recupere con la primavera. Pues bien, de modo análogo, con semejante esperanza, aquí Aurora Gámez canta con humana solidaridad, como si la poesía tuviera el poder de restaurar el orden natural, en “Valentina lucha por vivir, a la listeria resiste”.

 

                “Valentina flor de abril

                esperamos ver el día

                y tu sonrisa de miel”.

 

La edición se acompaña de entrañables ilustraciones, dibujos y retratos en técnicas modernas de los personajes cantados por Aurora Gámez, que no son héroes épicos, sino de carne y hueso, seres humanos que respiran la vida a su alrededor. Todo queda en familia. El autor de estas ilustraciones es su hijo, Javier Gámez Gámez, al que también canta en algunas composiciones, como en esta lira, “Comparte alegrías”, donde nos ofrece un retrato de su vocación:

 

“Silencioso y despacio

  con la ilusión en ser un dibujante

  con tiempo y con espacio

  creativo y pensante

  de trazo limpio y corazón amante”. 

 

Autora de relatos, artículos y ensayos profeministas, así como de antologías de voces poéticas, quienes tengan la suerte de conocer a Aurora Gámez Enríquez habrán observado la luz de sus ojos: esa luz, esa alegría, brota de su familia y de quienes le rodean, tan presentes en su poesía y, en especial, en La luz de mis ojos. Pero también brota de la mirada poética con la que ella se relaciona con el mundo, lo nombra, lo canta, lo celebra y lo afirma. Se diría que poetizar, amar y soñar se conjugan conjunta y armoniosamente:

 

                “Todo es soñar

                cuando el aire se impregna

                del verbo amar”.     

 

 

LA LUZ DE MIS OJOS

Aurora Gámez Enríquez

Ediciones AuroÉtica

 

 

 

 

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Manuel Gahete.

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