28 junio 2020

Entre versos de Concha Ortega: loa a la vida

Ana Herrera


La ausencia que me habita es un bellísimo poemario escrito por la poeta Concha Ortega, nacida en Sevilla. Su infancia transcurrió en Ayamonte y, tras realizar estudios en Madrid, obtuvo plaza como profesora de dibujo en Écija, donde ha ejercido desde entonces. En esta última ciudad ha sido nombrada presidenta de la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Buenas Letras “Luis Vélez de Guevara”. Asimismo, es Académica Correspondiente en Córdoba y Sevilla. Su currículo es amplio y diverso y sus actividades artísticas se han desarrollado en el ámbito de la pintura y la escritura.

Su nombre me recuerda a la querida poeta madrileña del 27, Concha Méndez. También ella cantaba a la vida; célebres son sus libros Vida a vida y Vida o río. Uno de sus versos que más me conmueve es aquel que dice: “La vida es ciervo herido sin memoria”. Y he aquí un punto de intertextualidad entre ellas, ya que si nos detenemos en el citado verso y en el título de la obra que comentamos, para ambas el alma está llena de ausencias; el paso del tiempo arrastra consigo a la memoria y el camino va quedando desierto. También escucho ecos en este titular del poema -y libro del mismo título- de Luis Cernuda, “Donde habite el olvido”, si bien el poeta sevillano nos conduce hacia ese lugar de la ausencia última y definitiva, la propia ausencia, la muerte.  

La ausencia que me habita es un texto poético editado en la prestigiosa editorial de Rute (Córdoba) Ánfora Nova, dirigida por el ilustre escritor y poeta José María Molina Caballero, y prologada por el también ilustre escritor y poeta Antonio Moreno Ayora. Haciendo referencia al perfecto análisis del Dr. Moreno Ayora, la poesía de Concha Ortega se ajusta al cómputo exacto del endecasílabo, dodecasílabo y alejandrino. El romance, la lira, la cuarteta, el cuarteto, el terceto y el serventesio nos llevan de su mano hacia la reina de todas las estrofas clásicas, el soneto. Es así como sus versos se nutren de los atributos máximos de la poesía: ritmo, sonoridad, musicalidad.

El libro se abre con el poema “No quiero llorar más” y se cierra con este otro, “La ausencia que me habita” (“Siempre diciendo adiós, esa es la vida”) ¿Acaso, una perfecta contradicción? ¿Termina la voz poética con una actitud pesimista ante todos y ante ella misma? Después de leer el poemario completo de Concha Ortega, me atrevo a decir que no. Este poema ocupa el lugar final como un broche de oro, haciendo honor al título del libro, como una verdad que es incuestionable y por la que pasamos todos los mortales, la del Tempus fugit, el paso del tiempo que nos conduce hacia un destino final lleno de todas las ausencias, tema que, por otra parte, es un tópico literario universal y atemporal. Por el contrario, ella misma nos advierte al inicio de la lectura: “No quiero llorar más”, sobreponiéndose de este modo a cuantas derrotas nos ha traído la aventura de vivir, con una profunda mirada vitalista y llena de energía, una invitación al Carpe diem de la famosa oda de Horacio. Así, lo canta la autora:

“Y dejé, en el olvido, mis cadenas (…),

en mis noches de mayo tan serenas (…),

me enfrento a mi futuro con el gozo

de navegar en mares de alegría”.

Las metáforas (cadenas relativas al sufrimiento, mares de alegría), la adjetivación (serenas), las alusiones a la naturaleza (noches de mayo), son otra constante de su poesía.

Y, ¿cómo no?, la voz poética canta al amor, la fuente de todas las venturas y desventuras. El amor se retrata en múltiples formas: el amor pasado (“ y mi alma, ligera y arrasada, / soñó y gozó de amores más risueños”); el amor convertido en celos que acarrean la violencia de género en el poema “Otelos”, rememorando el famoso drama shakesperiano; el amor secreto; en la distancia (“Surgió en nuestras miradas un chispazo / que llenó de canciones el otoño”; hermoso verso); el amor soñado; la soledad en “Tras la ventana” (“La soledad comienza cuando tú ya has partido”); la llegada (“Si quieres regresar yo te recibo / hace tiempo que espero tu llegada”); el amor ideal e inexistente y el desamor en textos varios y versos  magníficos como “Quedó sin escribir esa página en blanco de mi vida”.

El paso del tiempo es afrontado también como curación y olvido (“De cómo el tiempo borra heridas”); como conductor de la vejez sentida sin temor (“No temo a la vejez ni a la inclemencia / de arrugas …”), en poemas como “Mi secreto” y “El tiempo en los relojes”.

“Una niña con trenzas soñadora” / y un columpio que mece generoso / los sueños…”. Leer estos versos me ha retrotraído a mi infancia, a mi columpio en la vieja higuera donde solía columpiarme al atardecer o al albor de la mañana, a la parra del patio, al pozo, a las trenzas que mi madre cuidadosamente guardaba en tela blanca y aún se conservan, a los cándidos sueños, a los juegos de la niñez. Hoy he vuelto a soñar, como tantas otras veces lo he cantado en mis poemas y escritos. Me vienen a la memoria “Debajo de la parra”, “En el prado”, “Evocaciones” y un largo etcétera. Ahora, brillantemente, el corazón de la poeta se abre a los elementos de la vida cotidiana, a los espacios y circunstancias que nos han hecho reír y llorar, a la contemplación de un cosmos de luces y sombras, de colores, de olores, de formas, de sueños y de recuerdos que nos hacen temblar. Observamos una posible huella de Becquer en las “Golondrinas”, si bien la mirada becqueriana, cargada de pesimismo y angustia, representa el antagonismo a la visión de felicidad y calma en nuestro sujeto poético, que sigue exaltando la veleta, las flores en otoño, la calle y el asfalto, los escaparates, la farola, la brisa, la carta, la primavera o las tormentas, y que sabe llorar ante el huracán Irma. “La Fuente de las ninfas de Écija”, “Las olas” y “Paseando al atardecer junto al río Guadiana” presentan un carácter puramente localista. En un intento por detener el tiempo en las retinas, se asoman a esta composición un conjunto de bellas y emotivas escenas de temple modernista, romántico, junto a la farola, en ciudades vociferantes cargadas de gente, semáforos y prisas que se llevan nuestra identidad y nos arrastran al estrés tan peculiar de la vida moderna.

            No podía faltar la reflexión sobre el arte de la poesía, la pintura y la arquitectura en una artista de su calibre, y así atiende al concepto de poesía, a las palabras, al soneto, al movimiento futurista, al color, al pintor callejero (donde es evidente la huella de Machado: “A ti, pintor, por el color herido / y por la luz transido como un rayo / te miro mientras surge el colorido / de la lluvia de abril y el sol de mayo”), pintando marinas o al atardecer, o en un maravilloso elogio, quizás, a una de sus pinturas favoritas, en “Dánae y la lluvia de oro de Gustav Klimt”.

            “Describir una rosa no es bastante

            ni pintar una rosa que se entrega

            a una lluvia de oro cuando llega

            el dios de dioses, Zeus, como amante”.

            San Giorgio en Venecia o el Gótico Cisterciense cobran esplendor en sus palabras.

            También encontramos en estas páginas un espejo de la belleza y las inquietudes femeninas en el retrato de personajes históricos (Elena de Troya, donde nos lanza la reflexión: ¿culpable o víctima?) o literarios (Madame Bovary) que chocan contra una realidad que las atrapa.

            Por último, podemos observar un halo de existencialismo o angustia vital que envuelve como un sutil velo esta gran obra de Concha Ortega en “La partida” (la muerte), “Viaje sin retorno de claras reminiscencias juanramonianas (“Seguirán brillando estrellas … / Y tú, por la orilla blanca”), “Tormentas del alma”, “Apatía”, “Ruptura por aburrimiento” y otros.

            Nutrida de grandes poetas y de un acopio de experiencias y vivencias en todos los sentidos, no hay tema que el yo poético no abarque en su canto. El genio artístico de Concha traslada con maestría su universo poético al lector en un conmovedor caudal de emociones y sentimientos. Por eso, este Entre versos de Concha Ortega es una trova, una loa a la vida.

            Querida Concha, mis felicitaciones por este brillante poemario. El tiempo es un mazo implacable, pero la esperanza cubre nuestros pasos de dignidad. He aquí unos versos que escribí en cierta ocasión:

            Hubo un tiempo que se fue raudo

            jugando entre algodones de inocencia.

            Yo lo quería, pero no pude retenerlo a mi lado.

 

 

 

Web patrocinada

Unicaja Obra Social

SALUDA PRESIDENTE

Saluda Presidente Manuel Gahete

Manuel Gahete.

Últimos premiados