22 octubre 2019

LA FIGURA DE JULIO BURELL EN ÁNFORA NOVA. MELODÍA PARA EL ALMA

Ana Herrera


Acabo de terminar la lectura del último número editado -Nº 115-116- de la revista literaria Ánfora Nova y el eco de sus páginas resuena como una placentera melodía en las intimidades de mi alma: Julio Burell (1859-1919). Una pluma luminosa de la Edad de Plata. Julio Burell, pese a la distancia temporal que nos separa, se ha ganado mi admiración y mi respeto. Y a este hecho han contribuido los trabajos de Antonio Cruz Casado, Manuel Galeote y Juana Toledano Molina, bajo la dirección de José María Molina Caballero y el equipo técnico de Ánfora Nova.

En este centenario de su muerte, la revista nos presenta una semblanza completa de su vida y de su obra. Natural de Iznájar (Córdoba), fue Diputado, Gobernador Civil, Director General de instituciones públicas, Comisario Regio de Seguros, Ministro de Instrucción Pública, de Gobernación, y Consejero del Consejo de Estado. “Un hombre de acción” en palabras de Azorín y un hombre de letras que desarrolló una verdadera vocación periodística, tal como el propio Azorín lo retrata en un artículo aparecido en ABC en 1951: “Un periodista militante… un buen amigo -un aliado- de los escritores del 98: lleva a la política, al Parlamento, el mismo anhelo”.

El propio Burell aparece pintado por sí mismo: “soltero, periodista, andaluz-madrileño. […] Su única condecoración suele consistir en un ramo de violetas o en un rojo clavel, regalo espléndido -cuando Dios quiere- de alguna mano fresca y bonita, como la de la misma primavera. […] Lo único cierto es que de un “escritor al día” ha de quedar, en todo caso, bastante menos que el rastro de un pájaro en el aire. -Julio Burell”.

Se nos muestra el prólogo de José Franco Rodríguez a un libro que recoge todos sus artículos publicados (1925) por la Asociación de la Prensa de Madrid. En cuarenta años de vida periodística su pluma discurrió por El Progreso, Heraldo, El nuevo Heraldo, La Época, El imparcial y El Gráfico. En La nube negra estudia el socialismo y la anarquía exhortando a la paz a los violentos con frases conmovedoras y consejo amoroso, en palabras de Antonio Cruz.Casado. Se nos muestra al Burell político y periodista, al Burell entrevistado por “El caballero audaz”, un escritor famoso, ahora olvidado, un novelista cordobés, José María Carretero y Novillo, que popularizó este pseudómino. Manuel Galeote nos pone al día de lo que era “La vida lamentable de un ministro en España”, llena de circunstancias curiosas, y realiza una crónica detallada de lo que fue y supuso uno de sus artículos más famosos, “Jesucristo en Fornos” (Heraldo de Madrid, 1894, y revista Germinal, 1897). En estas páginas se reproduce el artículo completo. Tildado por algunos sectores de cuento anarquista, proclama la defensa del obrero, del pobre y del oprimido, y la justicia social por encima de la caridad. No ataca al Cristianismo, sino a la iglesia como institución antiprogresista. Esta preocupación social se observa también en el texto valleinclanesco de Luces de Bohemia donde el esperpento del ministro de la gobernación se convierte en el alter ego de Julio Burell.

Siendo Ministro de Instrucción Pública, Burell creó la cátedra de lenguas neolatinas para la condesa Emilia Pardo Bazán, abriendo a la mujer las puertas de la Universidad. A los catedráticos que se opusieron contestó: “No son ustedes dignos de desatar el cordón de sus zapatos”. Ordena y manda y la condesa es catedrática. También fue la primera mujer socia del Ateneo de Madrid, aunque no se le permitió entrar en la Real Academia Española. Releer estas líneas me ha llevado a recordar las mismas circunstancias narradas en mi colaboración, Mujeres en la historia, en el marco de un congreso internacional celebrado en la Universidad de Málaga. Cuentan que la condesa impartía clases de francés voluntarias y gratuitas a las que ningún alumno se matriculaba. Para poder mantener la cátedra daba conferencias a las que invitaba a sus amigas y a las señoritas de la alta sociedad. Su primer alumno matriculado oficialmente fue Pedro Sáinz Rodríguez, más tarde famoso crítico literario, quien relata que en agradecimiento la condesa lo invitaba a pasear en su landó tirado por caballos y a tomar pastel o helado en las cafeterías del paseo de caballos.

Manuel Galeote nos conduce después a sus huellas por la ciudad de Segovia, donde su hija Consuelo Burell es depositaria de hermosos recuerdos que confirman una fuerte amistad con Rubén Darío y destacados miembros de la Generación del 98.

La muerte de Burell acaeció el 21 de febrero de 1919, cuando contaba 60 años de edad. Estaba rodeado de su esposa, la condesa de Torre-Mata, su hija Julia y algunos familiares y allegados. Madrid se levantó para asistir a su entierro, donde acudieron sus amigos y los que no lo fueron tanto, pero de los que siempre habló con educación. El Café de Fornos cerró sus puertas en señal de luto. Su féretro llevaba coronas enviadas por la condesa de Pardo Bazán, La Asociación de Escritores y Artistas, a quienes protegió en vida, y La Asociación de la Prensa, entre otras.

También cuentan que en sus discursos en el Congreso todos le atendían con admiración y que, cuando corría la voz de que Burell charlaba en los pasillos, la gente dejaba la sala vacía para salir a escucharle. Esta revista se cierra con los elogios que Burell dedicó a sus maestros más queridos y con un poema que en su juventud le inspiró el genio de Cervantes, de reminiscencias románticas cercanas a Gustavo Adolfo Bécquer.

Ha sido un placer conocer tantas anécdotas de la vida cotidiana de aquel Madrid de principios del siglo XX, y de aquel que en su día fue creador de las juergas literario-filosóficas-políticas de la Cacharrería del Ateneo, donde unas veces acudía el primero y otras llegaba tarde porque se entretenía charlando con algún amigo que le salía al camino, donde “tiró los libros y se metió a predicador”, en sus propias palabras.

Mis sinceras felicitaciones a todas y a todos cuantos hacen posible esta revista literaria de sumo valor que, como decía en las primeras líneas, se convierte en melodía para el alma.

 

“¿Quién fuiste tú? Sol fecundo

que llenó el mundo y la historia.

¡Cervantes! ¡Genio profundo!

Tu nombre será en el mundo

eterno como tu gloria”.

                            Julio Burell: “A Cervantes” (última estrofa). En Ánfora Nova.   

 

 

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