13 octubre 2019

Zéjeles de alborada de Paloma Fernández Gomá

Ana Herrera


Zéjeles de alborada de Paloma Fernández Gomá. Traducción al árabe del doctor e hispanista Chakib Chairi. Editorial ImagenTa, Tarifa, 2019.

El libro cuenta con magníficas ilustraciones de Antonio López Canales que nos pasean entre manos abiertas y aves, castillos, el Peñón de Gibraltar, la belleza de las olas y del rostro femenino, el laúd y la arquitectura andalusí.

Como apunta el profesor Aziz Amahjour -de la U niversidad Mohamed I de Nador, Marruecos- en su análisis “Palabras previas” al libro de Paloma Fernández Gomá, “El zéjel es una composición poética que apareció en paralelo con las moaxajas en Al-Ándalus. […] De hecho la palabra zéjel en árabe corresponde a voz-sonido y entonación, a sonido en tono elevado o voz cantada. […] Siendo Ibn Quzman (1078-1160) uno de los máximos exponentes del género”.

El prólogo de la obra está escrito por el poeta y crítico literario José Sarria, que lleva a cabo una brillante introducción histórica sobre la lírica andalusí, trayendo a nuestra memoria nombres como el del insigne arabista Emilio García Gómez, o el del ilustre poeta Ibn Hanz de Córdoba, autor del “Collar de la Paloma”. En una investigación posterior descubrí que Ibn Hanz fue preceptor de una mujer brillante, la poetisa Walläda.

La lectura de estos dos textos introductorios, así como la del propio poemario en sí, me han trasladado a otros años del pasado, a las clases de literatura arábigo-andaluza en la Universidad de Málaga, acariciando estas joyas literarias que celosamente guardo en un rincón de mi biblioteca. Después vendría Teresa Garulo con el Diwan de las poetisas de Al-Ándalus. Mis recuerdos se remontan también a las clases con mi alumnado de secundaria y bachillerato estudiando y componiendo zéjeles, jarchas y moaxajas, a momentos en los que me dejaban sorprendida y emocionada con tanta creatividad.

Zéjeles de alborada nos emociona ya desde su título, cantos del amanecer -¿hay algo más bello?-. Protagonistas esenciales de esta composición de diecisiete zéjeles octosílabos, son la alborada, la naturaleza, el mar, la pluma y el ruiseñor. En mi opinión, el ruiseñor adquiere tres connotaciones semánticas diferentes: primera, como pájaro cantor; segunda, como estrofa que nace para ser cantada, el zéjel; y tercera, como símbolo de la voz de los pueblos árabes que emigraron desde el norte de África para asentarse en la Península y erigir Al-Ándalus.

La pluma crea el zéjel de donde nace la calma del artista, como la bruma que nace de las espumas tranquilas. Y esta paz se percibe desde que abre el día alcanzando la brisa de la alborada. Como elemento esencial, el ruiseñor, sostén de su canto. En la metonimia “su pico”, el canto del ruiseñor alcanza la luz del día y las sombras de la noche. Hermosísimos versos como “Toda la jara del monte / es límite y horizonte” nos conducen a la exaltación del paisaje, e instantáneamente abordan nuestros sentidos un conjunto de sensaciones sinestésicas visuales y de olores. Tras la herida y la melancolía, continúa la voz poética, llega el anhelo de compañía y de un renacimiento profundo simbolizado en “la rama verdecida”. Cabe resaltar aquí otro bello verso metafórico, “Toda la llanura herida” -llanura herida, llanura desértica, ¿quizás la soledad?-. El ruiseñor sigue cantando y rompiendo quimeras. Su voz en las tardes primaverales se convierte en fantasía. Así es la vida, creamos sueños y fantasías que nos conducen a alcanzar lo inalcanzable. A veces todo se queda en “leve ilusión”.

El campo semántico del canto, del trino, del nido, se mantiene intacto a lo largo del poemario y esa “algarabía” de “luces”, “vergel” y “fertilidad” de la amanecida es tan poderosa que cubre todas las sombras, alcanzando el manto oscuro de la noche. La luz se impone a la sombra, el día a la noche, el renacimiento a la herida, el amor a la cobardía. Las alusiones del yo poético a su tierra marítima se hacen visibles en las espumas, en las olas rendidas, en la bahía, en el Estrecho, en Andalucía.

“Ruiseñor de berbería / que en el soto cantaría”. Es muy posible que la autora haga alusión al propio zéjel, a ese canto de origen hispano-árabe y, por tanto, procedente de los pueblos del norte de África, asentados tras su migración, en los frondosos sotos y vergeles de Al-Ándalus.

Las referencias son continuas al mar, al azul y a los colores que de su seno se desprenden: “En singular pedrería / el mar se estremecería”. Pero la voz del ruiseñor también crece en la abundancia de los naranjos, de las rosas, del mirto y del laurel de las ricas tierras andaluzas.

En conclusión, Paloma Fernández Gomá, acoge la amanecida en un nuevo “abril” que todo lo renueva, en la melancolía que da paso a la esperanza, “En única sintonía” que “Sube la luz al espacio”, sobreviviendo al dolor, tejiendo la maraña de la vida.

 ¡Felicidades, Paloma, por este brillante poemario, luz entre culturas!

 

 

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