Antonio Machado -a la izquierda-, con su hermano José, la esposa de este, Matea Monedero, las tres hijas de ambos, Carmen, María y Eulalia, y la madre de los Machado, Ana Ruiz, hacia 1933 (fotografía Alfonso).

19 febrero 2019

Antonio Machado, palabra esencial en el tiempo

Pedro Luis Ibáñez Lérida


La tumba del poeta sevillano es devocionario de personas que depositan en el buzón que se instaló en 1980, el reconocimiento admirativo y afectivo que le profesan.

ESE AMANECER INCESANTE. En la poética machadiana la absolución del ser humano es fruto de su propia fe. Entendiendo ambas –absolución y fe- como principios de ese ser humano nuevo que se manifiesta sólidamente ante las circunstancias que prosperan en su contra. Y que, sin embargo, logra reconvertir estas, en razones y argumentos para incidir en el precepto nuclear de ese advenimiento de humanismo renovador, que establece como credo de contradictoria irreverencia, “¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero / sino al que anduvo en el mar”.

EN LA CONMEMORACIÓN DE LA MUERTE en el exilio, la atribución intelectual de su ideario, parece contravenir la reciedumbre de su pensamiento intelectual, político, filosófico y literario, pues suele condensarse una polifonía coral de voces que toman como suyo el parlamento lírico como recurrente cita de atril. Aquel a quien Francisco Umbral en su imaginario de luces y sombras literarias calificaba de manera tan ilustrativa como desacertada e injusta, “Tiene sentencia de zapatero remendón”, posee el valor simbólico de lo esencial y, con ella, la de palabra esencial en el tiempo. Y es que la poesía de Antonio Machado, si bien tuvo algunos excesos en la proclamación lírica de ciertos liderazgos heroicos como lo es el poema dedicado a Enrique Líster, su corpus orgánico se mantiene intacto en la indisoluble asertividad humanista que profesa, y con el que sigue afianzando su ser poético, desde la sepultura donde reposan sus restos junto a los de su madre, en la localidad francesa de Collioure. Última etapa de su viaje vital y primero del trance intemporal que se reconoce en los lectores que se aproximan a su obra. Por más que la tragedia de España tome latido en su compromiso y se tome su figura como emblema de ideario republicano, que sin duda también lo es, sería restar valor a su dimensión más audaz y comprometida: su compromiso con el nacimiento de ese ser humano nuevo, que en su profunda expresión lírica es transformador fundamento ético y estético.

EL AUTOR DE JUAN DE MAIRENA (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo), obra que debería formar parte inexcusable de conocimiento, uso y consulta en colegios, institutos y universidades, nos brinda la oportunidad de entablar un riquísimo diálogo en primera persona. La lectura en conjunto de su obra revierte en testimonio y apunte vital. Su visión es tan poderosamente ilustrativa que la carga emocional e intelectual no se desentiende la una de la otra. Forman un todo proporcional, calibrado, mesurado, pero de profunda arraigo en la autenticidad. Las identidades de Abel Martín, Juan de Mairena, Jorge Meneses, José María Torres, Pedro de Zuñiga convergen en la alteridad. Es decir, en ese otro que soy yo mismo y que hace del lirismo una escuela de vida apegada a la clarividencia y la lucidez. Tal vez por eso el mandamiento machadiano es de tanta sencillez como de deliberado propósito aleccionador, “Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”.  Como un refugiado más  traspasó la frontera francesa, a sabiendas que la muerte le alcanzaría más allá de España. Le acompañaban su madre, Ana Ruiz, su hermano José, Matea Monedero, esposa de este y el escritor Corpus Barga. El dolor fue su mortaja y el exilio su destino en la cercanía de la primavera. Con ese olor a azahar que, hoy como ayer, trasmina las galerías del Palacio de Las Dueñas, donde el alma infantil juega y sueña en el corazón del hombre, “Y volver a sentir en nuestra mano, / aquel latido de la mano buena / de nuestra madre.../ Y caminar en sueños/ por amor de la mano que nos lleva”. En el esperanzado ruego materno, “¿Llegamos pronto a Sevilla?”, se condensa el cruento drama de un pueblo asolado por la sinrazón y la barbarie que, a pesar de todo, vislumbra el retorno a su origen: desandar los pasos para reconocerse en la memoria viva y su poder regenerador.

 

 

 

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