23 septiembre 2018

MI ASCENSO, TU MUERTE

Ramón G. Medina


            Que nunca se sabe qué puede depararnos la vida, es verdad. Pero uno puede preguntarse leyendo esta novela de Miguel Ángel Rosique, si el ser humano con recursos suficientes, ¿se plantea un mundo feliz o de destrucción, por el solo afán de ambicionar poder y prestigio? Sin embargo, por una maldad intrínseca, parece ser que esa pretensión pedagógica y universal de felicidad, puede quedar lejos y pasar a ser una connotación divertida de indiferencia hacia los sentimientos íntegros y ecuánimes, como valores responsables del bien más completo y deseado, destruyendo a su paso el bienestar ajeno, si por azar del destino, es interpuesto como obstáculo ante los decibelios de la atrocidad que arrastra hacia el abismo de la corrupción humana.

            Esto no es difícil de entender cuando nos enfrentamos a la crueldad con que estos personajes se nos presentan y observamos un poco el mundo en que vivimos, que no falto de amor y sobriedad, es asaltado y agredido por las formas y comportamientos más devastadores y dañinos. No importa cuales sean las razones que motiven al depredador, siempre encontrará excusa para justificar su crimen, ante su propio miedo y fidelidad a su estatus de acreedores. Desde luego, parece que no nos rodea una saludable idea que conduzca hacia la mejor imagen del ser humano. Por el contrario, sí abunda un contagio, sino aplaudido, sigiloso y malvado del andar que se airea diariamente. Y este es un fiel reflejo de ese mundo al que, deplorable y triste, nos vemos abocados.

            La excelencia vívida de crear una novela en brevísimos capítulos (algunos apenas tres páginas), lo hace evidente, describiéndonos la posición y el estado exacto de cada personaje en cuestión, sin recovecos ni complejidades decorativas que distraigan la atención del lector, como claro ejemplo de toda autoridad literaria. Y sucede en “Mi ascenso, tu muerte”, obra de Miguel Ángel Rosique, que presenta a sus personajes haciéndose un saludo matinal de compromiso al comenzar la jornada, cuyo amanecer nos despierta en la bellísima ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Jefe y subordinado se dan los buenos días, dejando entrever un frío y cáustico desdén de celoso mal entendimiento, que hace percibir una relación subjetiva de táctica reflexión. Tensión esta que nos va diseñando de forma trastocada una efectiva incomodidad laboral. “Apenas tenía competencia para el cargo, a excepción de Álvaro”, en un ascenso inminente.

            Álvaro desaparece sin dejar rastro; abriéndose en ello la pertinente investigación policial, que no por eficaz, dejará a su pesar desbaratadas algunas felicidades: el teniente Samuel y Laura, amiga de una infancia compleja, que nos va a aportar una fuerte carga psicológica de carácter educativo en los primeros años de formación, con causas y efectos psicológicos que redundarán en importancia sobre nuestros personajes y sus acciones vitales de sugerente alcance sociológico, que debe hacernos pensar en favor de un mejor ser humano, caminando hacia lo más íntegro.

            La intriga empieza a desperezarse con curioso entretenimiento, ante la demoledora maldad y siniestra tranquilidad con que se nos va definiendo el perfil de cada personalidad, y uno se pregunta si se escapará el asesino… Y se dice, “la maldad no tiene límites” junto a tanta frialdad. Y sigues leyendo. Buscando con vehemencia, ese final de anheloso desenlace feliz. Esperando que sea descubierto en uno de esos fallos tontos del ser más perverso. Sabiendo que existen de ese pelaje. Y que son perfectos hasta para ser impunes. Su egoísmo y excentricidad los hace parecer de una nobleza casi admirable en su exceso de ambición y poder. Y se ve a diario, Javier, Javier… Lo vemos tan buenazo y tan víctima, que ¡caray!, llega un momento que nos confunde, haciéndonos sentir una indescriptible piedad casi misericordiosa por él.

            Nos lleva por su trama, haciendo simples baches de recuerdo, de evocación, determinando el pasado del inquietante personaje. Haciendo ligeras coincidencias con el destino hábilmente concebido, para un terreno en el que es necesario hasta el amor, con sus buenas intenciones de disposición y ternura comprometida. La responsabilidad familiar, puede anular y lo hace, cualquier secreto lleno de crueldad. De necesitado silencio doloroso. Quizás la mala suerte de Andrés o el bien sagrado deja la penetrante y sensiblera razón de conmover entre el amargor agridulce de la realidad mundana. La vida no es fácil, llega uno a pensar leyendo estas páginas, aunque sean de ficción premeditada. Nos dicen cosas que recuerdan algún poema de Brecht. Quizás aquel de “Escapé de los tigres/ alimenté a las chinches/ comido vivo fui/ por las mediocridades.” La realidad de esta novela es dura por la atrocidad con que el personaje central nos va alumbrando con sus diabluras al tiempo que va siendo desenmascarado por la sigilosa intuición. Por su deliberada voracidad. Y uno se queda entrecortado, dentro del propio sistema, “pero ¿y si no…?”

            Nos acoge un pesar transgresor: “Además, a quién iba a engañar: estaba tan perdido en sí mismo,” que nos hace sentir un dolor de humano padecimiento, poniéndonos ante los ojos escenas que no dejan de ser otra cosa que el fondo perverso del bocado de los tigres del mundo. Del chantaje perverso que idiotiza, ante la maldad infinita, o del amor poderoso. “¿Qué coño haces con tu vida? Y ese hijo de perra…” Nos deja desarmados, pero la vida duele en este valle de estiércol y mueve la ternura con escalofríos dolorosos y asistidos de ánimo. La vida desigual de Andrés se fortalece en sabia decisión. “Y eso es lo que había causado el cambio radical de su carácter”. Es evidente que la tensión que lleva al desenlace de esta inquietante trama, seduce hasta el final en cada capítulo, perfectamente ensamblados con la espera del peso de la justicia, como un valor añadido.  

 

 

 

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