20 marzo 2018

EL LIBRO DE LAS AGUAS

Encarna León


Abre el libro una cita de Eugenio de Andrade que lee:

“Es un lugar al sur, un lugar donde la cal

amotinada desafía el mirar.

Donde viviste. Donde a veces en sueños

vives aún. El nombre empapado de agua

te escurre de la boca.”

Son estos versos una invitación a evocar un lugar determinado, el que desea el poeta, y quiere que nos ubiquemos en él para acompañarle en el recorrido emocional que nos irá mostrando su obra; con cada verso nos hará partícipes de los sueños, deseos y realidades que se hacen presentes a través de las 65 páginas que conforman el recorrido de El libro de las aguas, entre poemas y textos poéticos. Sin duda alguna se trata, en un principio, de ese sur donde el autor habita, su ciudad natal, Málaga.

La voz de José Sarria fluye rumorosa y cristalina por todo el poemario, dividido en cuatro apartados de diferente extensión, pero siempre tejidos con poemas, prosa poética y acertadas citas donde va vertiendo, con gran sensibilidad, acontecimientos vividos en su niñez y en su edad adulta, y donde serán protagonistas tanto, ese niño recobrado de infancia feliz en un huerto de macetas y naranjos, como amigos de más al sur, con los que se identifica buscando y encontrando sus raíces más lejanas; además de dedicar versos a personajes específicos, muy destacados de ese histórico y legendario Al-Ándalus.

I.                   RAÍZ DEL AGUA o Evocación de la memoria

Da paso a este apartado una cita de Alí Ahmad Said Esber, que se hace homenaje al agua, agua hecha lenguaje y que el autor va a utilizar en su discurso. En los poemas que forman esta primera parte (El Sur, Raíz del agua e Infancia), veremos una hermosa memoria de raíces malagueñas y la clara visión de una casa encalada donde habitan, en perfecta simetría, el huerto, los membrillos, manzanas, flores y naranjos, donde el murmullo del agua de la noria quedará como semilla feliz para la creación del poeta. El agua es vida, lenguaje, es palabra enamorada que lleva al autor hacia cauces de infancia. Es verdad que a cierta edad, yo también lo he experimentado, se vuelve con gran fuerza a las vivencias de los pocos años, a la familia, y ese tiempo pasado se convierte, necesariamente, en tema de inspiración. Volvemos a él con una luz nueva y recordamos, sentimos y creamos, o recreamos vivencias nunca extinguidas. José Sarria, en esas circunstancias, vuelve a su patio de jazmines con palabras tan hermosas como: “Cuando cae la tarde, al final de los años, los recuerdos se  inclinan como las ramas de los árboles de un bosque abandonado”, y es entonces cuando surge esa luz nueva que busca aquella otra, la que quedó encendida en el transcurrir del tiempo, y revive con plácida armonía su infancia, aquellas sensaciones e inquietudes; también, el silencio sonoro de su patio de geranios, porque el lenguaje, ahora, se hace presente para el canto.

II.                IDENTIDAD o los mapas de la memoria

Se abre esta segunda parte con una hermosa cita de León Felipe, haciendo alusión a la primera casa, a los orígenes, y es cuando Sarria baja más al sur, y penetra en el mundo árabe a través de tres poemas (Al-Ándalus. Patria y raíz del agua, La tarde y Medina de Fez. El-Bali) con ellos indaga en sus raíces, en los antepasados más lejanos en el tiempo, los árabes, establece relaciones con el mundo islámico y rememora tiempos de mezquitas y madrazas, de surtidores y alcázares, de califas y visires; y este sueño le lleva hacia el esplendor de Al-Ándalus. Repasando esos orígenes avanza  por un tiempo centenario, sumergido en ese sueño de la memoria que atrapa para, al final del recorrido, encontrarse con el niño que fue, con sus calles de entonces, con amigos encendidos de aros y trompos. Vuelve a la niñez y escribe: “[…] me acompañan todos los nombres de los que conmigo caminaron, sus viejas cicatrices y el himno de sus sombras […]”. Y siempre hace alusión al lenguaje, al agua hecha palabra con la que irá desgranando sus recuerdos.

Algo le inquieta al creador, que se somete a un ir y venir por el tiempo de la memoria buscando sus raíces. José Sarria enamorado del mundo magrebí, ha sido ponente en las universidades de Fez, Tetuán, Rabat, Casablanca y Túnez. Con sus versos, en este  El libro de las aguas, hace un recorrido por algunas de esas ciudades y otras, como, Chefchaouen cantando a sus medinas, sus calles estrechas, los aromas a especias, los colores de la menta, el sésamo, el azafrán, y ese agua poética y viva. Llega hasta otros límites para cantar el disfrute espiritual que se enraíza al escuchar la voz del almuecín llamando al rezo. Todo esto y más encontraremos en sus poemas.

III.             EL TIEMPO SUMERGIDO o los siglos de la memoria

Es el apartado que da más cuerpo al libro con sus quince poemas con diversas temáticas, pero todas relacionadas con el central, el de la memoria y, como en otras ocasiones, nos ofrece diversas citas encabezando algunos de los poemas. En el titulado El recuerdo, al que Sarria define como ‘tiempo detenido’, rescata su juventud, a sus amigos y esa sensación de la gente joven de sentirse invencible o eterna, cuando el futuro se ve lejano e interesa más vivir el presente con intensidad; en Chefchaouen hay evocaciones para amigos marroquíes que viven cotidianamente en sus casas azuladas percibiendo cerca el olor a hachís, donde el autor apunta que: “En Chaouen el olor/del hachís tiene la dulzura/del tiempo detenido […]”. En el poema Puente de Córdoba, el puente cordobés es otro de los elementos de inspiración del poeta y las aguas que lo acarician son la fresca y viva  comunicación de la palabra, la sonoridad del lenguaje y así dice: “El puente sigue ahí, con su metáfora de siglos […]”. En Sulamita nos lleva hacia la visión hermosísima  de una bailarina, describe sus adornos, el contoneo de sus caderas, la danza con su ritmo, la suavidad de los tules que difuminan su rostro, la percepción de unos ojos de gacela, la atracción del perfume y el deseo de su cercanía. José Sarria canta, con belleza y cromatismo, el paisaje marroquí en su poema Kasbah de Tinehir, donde no faltan dice: “[…] los niños jugando entre las dunas […]”  o al cuidado del rebaño de cabras o borregos; trabajos necesarios para el sustento familiar. Tiene versos para las alfombras donde descansan los sueños. Existimos, dice el poeta, a través de los niños de todos los tiempos posibles. En otros poemas de este apartado (Mezquita de Süleymaniye; Los oscuros días; El silencio; No temo a Dios; La sombra de los sueños; Jinete del silencio; Inocencia; Abú Abd’Allah (Boadbil) embarca en Adra; Ibn Zaydun evoca a la princesa Wallada, Nunca fui tan hermosa; Hijos de las estrellas; Tamerza: la ciudad del viento) en todos ellos hay versos claros, transparentes que van al ritmo de las aguas para cantar a la huida, al silencio, a Dios o la muerte; también canta a los sueños, la vida y la inocencia. Hay una atención especial para Boabdil, el sultán nazarita, personaje que ha sido inspiración para muchos creadores tanto en el campo novelístico, como poético, sobre todo si los autores aman, conocen o han vivido cercanos al mundo musulmán compartiendo amistad, costumbres, historia y cultura. Esta circunstancia se da en José Sarria, por eso describe y habla sobre ese maravilloso mundo y así nos cuenta la derrota de Boabdil y su exilio hacia Cazaza, desde Adra, teniendo ante sus ojos todas las aguas y el luminoso azul del Mediterráneo.

Yo también caí en esas maravillosas redes de la evocación poética cuando me encontraba con unos amigos en las playas de Cazaza, lugar del desembarco del rey musulmán, se me ocurrió evocarlo por mis tierras de Granada, produciéndose una circunstancia muy especial de sentir su presencia, inesperadamente, y surgió mi poema Atentado en Cazaza. José Sarria, en El libro de las aguas, escribió: “Miró por un instante el horizonte/y sintió que las olas eran dunas, /sus lágrimas la fiel caballería/sobre la que cruzar aquellas aguas […]”.

Cuando estuve en Cazaza, ante la inmensidad del Mediterráneo, recordé a Boabdil como si estuviera esperándole para  verle llegar de ese exilio forzado, como si le divisara de lejos, entonces escribí, “[…] En medio estaba él con turbante de fiesta,/alfanje en la cintura/y un sulham inmaculado de ondear altivo./Con sonrisa triunfante recogió aquella rama/que fiel se desprendió de la copa del árbol./Con ella señaló lugares de la Historia/y en memoria quedose un presente extinguido”.

El libro de las aguas va finalizando con poemas que intentan rescatar un tiempo pasado, no el de José, sino el de reyes que como Boabdil poseyeron tierras en Al-Ándalus. Ahora es  Ibn Zaydun que, con sentimiento por lo perdido establece un diálogo con la princesa Wallada y canta su amor por ella. Poco a poco los versos, los poemas, van llegando al final de este hermoso libro de José Sarria. Antes de dejarnos, el autor se aferra a la memoria, a sus antepasados y se pronuncia: “[…] Reconozco mi sangre/en tu arena y en sus lagartos/extendidos, en esta/ciudad del viento”.

Llegamos al IV apartado, Y el Sur…, el más diminuto, tan solo contiene un texto a modo de despedida. Se inicia con una bellísima cita de Ibn Zaydun, muy orientativa, que lee: “Pasa tus ojos sobre las líneas de mi escrito y encontrarás mis lágrimas desposadas con la tinta”. Así, nuestros ojos pasarán por las olas de este libro de José que son, en definitiva, sus versos, y los veremos fundidos o desposados con sus emociones, lágrimas, risas, con sus evocados encuentros. En Huerta del cielo, última reflexión, que cierra el libro, Sarria vuelve a hacerse niño, a pararse ante la vida y mirar más allá de horizontes posibles y ahí descubre nuevamente esa casa encalada, con el patio amado donde abundan los geranios y siente la cercanía del limonero, en cuyas ramas se posan los pájaros que cantan a tanta vida. También habita el silencio y el olor al pan caliente de su madre, mientras alguien pronuncia el nombre de José con ternura, y él, permanece tranquilo y sosegado en esta memoria azul de aquellos días.

Hasta aquí el contenido de un hermoso mar hecho libro, este Mediterráneo que abraza Sarria desde  sus dos orillas, la de su Málaga y la de África,  la del mundo magrebí más al sur.

Espero haber sabido sumergirme, acertadamente, en las aguas de esta obra para mostrarla a todos vosotros y despertar vuestro interés. Quiero dirigirme a todos cuantos aman la poesía y a los que se acercan a ella por vez primera, para aconsejarles que lo hagan a través de estos versos tan cálidos, transparentes y hermosos, su lectura les aportará sensaciones de paz, armonía y sosiego. Será una forma de conocer mejor al poeta porque, él, es también así, cálido en el trato y sosegado en su andar por la vida, que no le exime de encontrarse con prisas en determinados momentos del año, debido a su gran responsabilidad. Trabaja en muchos frentes a la vez dentro del mundo literario. Pero dejemos a la persona y volvamos a la estética de su voz. Es narrador, poeta y ensayista, tiene el don de la comunicación, su poética es clara y hermosa, con bellísimas metáforas y con acertadas imágenes poéticas, que dan calidad a sus escritos. Huye del barroquismo, se decanta por la armonía y comunicación del lenguaje, postulados que ha seguido para ofrecernos este bello poemario.

Muchas gracias.

 

 

El Libro de las Aguas

José Sarria

Ed. Diputación de Córdoba, 2015

 

 

 

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Manuel Gahete.

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