3 julio 2017

Cómo escribí El hoy es malo, pero el mañana es mío

Salvador Compán


            Cuando has acabado de escribir una novela, te ves obligado enseguida a reescribirla. Quiero decir que comienzas a responder a la rueda de lectores y periodistas, a las interpretaciones, a ese rebote  que te viene de fuera y completa al libro. Cómo acertar con todo eso cuando es la novela la que tiene que contar y tú, ahora, solo puedes rodearla con palabras. En esas estoy con El hoy es malo, pero el mañana es mío, porque una novela nunca se acaba de escribir del todo. Sigue creciendo fuera de ti, y ya es mucho menos tuya cuando los lectores te la devuelven multiplicada.

            Si tengo que resumir qué es esta historia compleja, suelo hablar de que mi novela quiere explorar el poder humanizador del arte y del amor, su capacidad de transformación para hacer que las personas resistan a los males del presente y puedan hacer suyo su mañana. Hablaría de un anarquista vencido y de su antiheroísmo, de un amor de quince años parecido a una llaga, y otro de madurez que tiene mucho de una puerta que se abre. Hablaría de las cenizas que produjo la erupción de la guerra y de cómo flotaban todavía, como un cielo turbio, sobre los raquíticos años sesenta. Hablaría de que muchos de mis personajes creyeron que la pintura les devolvía lo mejor de sí mismos y los alejaba de la grisalla del entorno.

            Pero quizá habría que empezar por el principio.

            En la prehistoria de mi novela hay un hecho que pudiera parecer menor. Un día leí una noticia que contaba cómo el caricaturista republicano Carlos Gómez Carrera, alias Bluff, fue fusilado en 1940, acusado de pasar consignas marxistas a los presos, ocultas en las tiras cómicas que dibujaba para Redención, la revista de los presidios. El asunto era disparatado, porque no se necesitaba acusar de activista político a alguien que ya estaba condenado de antemano, un preso que había caricaturizado de un modo sangrante a Franco o Queipo de Llano en dibujos que se publicaron durante la guerra. Ese fue el punto de partida, investigar por qué Bluff necesitó un inútil juicio en el que se le acusaría de “dibujante satánico”, venenoso para la España nueva, tan vieja, del dictador Franco. Y eso casi me situaba en un territorio que siempre me pareció espinoso para un relato, porque, si escribes sobre la Guerra Civil, andas sin remedio idealizando, justificando y silenciando, y es fácil que acabes escribiendo una voluntariosa historia épica, hecha más con los colores subidos de la ideología que con la tinta parda de la objetividad.

            Pero, de todas formas no quería novelar la Guerra Civil sino solo algunos episodios, apenas los necesarios para poner en pie a mi protagonista, y comenzar la historia en lo que me interesaba contar: la posguerra, donde ya no hubo contendientes sino una facción vencedora que quiso prolongar la guerra venciendo a los vencidos, persiguiendo y diezmando a los que ya solo tenían el hambre y el miedo para resistir.

            Por ello, centré mi historia en el año 64, pero enraizándolo en el 36 y llevando sus consecuencias hasta el año 69. Y, como siempre hago, me propuse escribir no una novela histórica sino una historia de personajes, donde lo que me importa es su calado humano y su verdad de personas vulnerables, enfrentadas a momentos críticos.

            A Vidal Lamarca, mi protagonista, la guerra lo volvería del revés. Durante aquellos tres años de animalización del hombre, a Lamarca se le quebraría la vida, un amor adolescente parecido a la eternidad, la familia, la ideología, la misma identidad. A ese antiguo anarquista utópico, le quedará poco más que el servilismo y la hipocresía para sobrevivir en esas décadas de cenizas que produjo el volcán de la contienda. A Vidal lo sacará de la cárcel Sebastián Lanza, un poderoso empresario con influencia en el Régimen y el mercado negro. Sebastián lo tutelará, lo protegerá al tiempo que le roba la entidad. Y es esa desigual relación entre los dos lo que me interesaba investigar.

            Es pertinente recordar ahora que narrar algo es, en esencia, el modo de narrarlo. La historia que se cuenta solo crece y repercute a través del modo de ser contada. El estilo, lo que llamamos forma, no sería otra cosa que, como quería Víctor Hugo, la superficie del contenido: la cara visible de una misma unidad, de ese fluido verbal encerrado entre dos pastas duras a la que llamamos novela. Por eso, el estilo, en la medida que avanza la escritura, va removiendo el contenido y lo somete a turbulencias y transformaciones. El modo de decir cambia lo dicho. El poder de asociación y de sustitución que tienen las palabras crea nuevos significados, a veces imprevisibles. Cuando se tensa la lengua, escribir equivale a descubrir.

            Por otra parte, no hay historia sino está sometida al tiempo: no hay novela sin metamorfosis. La dialéctica, el cambio o el movimiento es la sangre de la narrativa; el devenir constituye su propia naturaleza. Si has definido a fondo a los personajes y conoces bien sus circunstancias, la historia empezará a tirar de ti. No diré esa trivialidad de que la historia se escribirá sola, pero sí que las reglas de juego que tú has trazado impondrán límites y modos de conducta. Te dictarán lo que es congruente, irán cerrando los caminos de la acción y abriendo posibilidades con mayor o menor grado de causalidad. Dicho de otro modo: la novela debe tener un crecimiento orgánico, nacido de la propia naturaleza de sus componentes. Como un ser vivo debe responder a su constitución biológica.

            En congruencia con lo anterior, la novela fue siendo otra en la medida que la escribía.Vidal Lamarca llegará a recuperar parte de lo que fue, y volverá a pintar con la misma fluidez y eficacia de antes de la guerra. La creación plástica es quizá el único rescoldo de humanismo que permanece dentro de él, y lo utilizará como un tizón para alumbrar su pasado. Quiere comprenderse, asumirse y, como si resucitara, dibujará una novela gráfica para contar su vida y explicarse cómo ha llegado a un presente de absoluto desvalimiento.

            La autobiografía dibujada por el protagonista está en el centro de El hoy es malo, pero el mañana mío. Se trata de una novela en imágenes dentro de la novela escrita. Sus viñetas, desde la de la portada a las cinco que encabezan cada una de sus partes, serán materia del relato, carne misma del texto que contribuye a formarlo del modo que puede hacerlo un dibujo: aislando un instante, poniendo una lupa sobre él y actualizando la escena que enfoca.

            El narrador, Pablo Suances, un adolescente alumno de dibujo de Vidal, se valdrá del cómic de este para contar la vida de su maestro. Escribirá basándose en la observación, en las confidencias de Vidal y de personas de su entorno. Pero también utilizando esa novela paralela del cómic que narra con dibujos, en primera persona, el propio protagonista.

            A su vez, Pablo cuenta su propia historia, la de un adolescente que, en los años sesenta, se inicia en la vida en una ciudad de rincón y en una España marcada por los dogmas, el aislamiento, el pensamiento obligatorio, y por una anemia cultural que había monopolizado todas las palabras esenciales para desvirtuarlas: Dios era tan parcial que se prolongaba en Franco, la democracia era orgánica o no era; la libertad equivalía a libertinaje; el amor, si quería espacio, tenía que ser platónico, y el sexo, un tabú que solo tenía una función matrimonial y procreadora.

            Me preocupó que la historia del personaje narrador, Pablo Suances, se imbricara con la del protagonista hasta el punto de que fuera sumida por ella como un afluente que se funde con las aguas del río. De ese modo, situé en los años sesenta los hechos esenciales de El hoy es malo, pero el mañana es mío, un tiempo en el que traban amistad los dos personajes y juntos respiran las cenizas que dejó la guerra, o, aún peor, como dice el narrador a propósito de la generación de sus padres: mastican ese chicle negro de la guerra que nunca pueden ni tragar ni escupir. 

            Este es el planteamiento de mi novela. Lo que sucede a partir de él, lo marcan algunos hechos que irán propiciando su evolución y buscando su desenlace: la amistad de Lamarca con el pintor Zabaleta, el frustrado homenaje a Machado en Baeza del 66 o la relación del protagonista con una fascinante mujer casada, en todo muy superior a aquellos años penitenciales. 

           

 

 

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