29 abril 2017

Algunos aspectos de la sociedad larachense en Una sirena se ahogó en Larache, de Sergio Barce

Boujemaa EL ABKARI


Boujemaa EL ABKARI. Universidad Hassan II. Casablanca

Resumen: Estudio descriptivo analítico de Una sirena se ahogó en Larache, de Sergio Barce. Este estudio intenta subrayar la importancia que cobra la presencia de la sociedad larachense en esta novela española, abarcando tanto lo geográfico como lo socio-humano. Describe y analiza, primero, los espacios físicos de la obra, luego, destaca algunos aspectos de la sociedad larachense y, termina por una reflexión acerca de la escritura de esta novela de Sergio Barce.

Palabras claves: Barce, novela, Marruecos, Larache, sociedad.

Sergio Barce nació y vivió en Larache hasta los 13 años, cuando su familia se trasladó a España, en 1973, según sus propias declaraciones. En su blog personal, considera este hecho como una ruptura en su vida de niño, un exilio injustificado. En esta misma perspectiva, escribió sus primeras novelas, sobre todo, Una sirena se ahogó en Larache (2011), relatando la vida de un niño larachense en su medio ambiente natural y entre sus querencias infantiles. En el fondo, la novela se presenta como un intento de recuperación de un tiempo perdido basada en reminiscencias de una infancia feliz interrumpida.  

De ahí que se deba interpretar el título de la novela de un modo sintomático. Debería leerse desde una doble perspectiva, por un lado, alude a Larache, su paraíso perdido, espacio donde transcurren los acontecimientos de la historia de la obra, escenario geográfico referencial identificable, como veremos y, por otro, “una sirena que se ahogó” sería la dimensión mágica que plasma la creación narrativa y que matiza la fuerte tendencia realista de la novela (lugares y personajes verídicos, costumbres y tradiciones marroquíes de un tiempo determinado).

Por último, la sirena podría remitir también al mar, a la playa, al Puerto y, por lo tanto, a Larache Viejo, al espacio predilecto y predominante en la obra, lo que podría sugerir al lector pensar en una posible dimensión autobiográfica subyacente en la novela.

En efecto, el protagonista es un niño de 9-10 años y la narración está a cargo de un narrador omnisciente, portavoz claro del propio novelista, nostálgico y enamorado de su ciudad natal, gran conocedor de la realidad larachense, de ahí viene también el tono crítico a la misma, formulado celosamente a lo largo de la novela.

En esta ponencia, intentaremos destacar, precisamente, la importancia que cobra la presencia de la sociedad larachense en esta novela española, abarcando tanto lo geográfico como lo socio-humano. Describiremos, primero, los espacios físicos de la obra, luego, destacaremos algunos aspectos de la sociedad larachense y, terminaremos por una reflexión acerca de la escritura de esta novela de Sergio Barce.

1. Larache: geografía física y humana de una ciudad

La historia de la novela transcurre, casi en su totalidad, en la Medina, la parte antigua de la ciudad, gracias a las correrías de Tami, el niño protagonista, y sus compañeros. Tami guarda una relación muy especial con su barrio y, de modo general, con su ciudad. El narrador presenta al niño y alude, como en una especie de íncipit, a esa relación intrínseca con su universo:

Tami es un niño de cuerpo frágil pero despabilado, de ojos hambrientos, que padece una enfermedad que le perfora los bronquios y los pulmones. La humedad de la Medina no le sienta demasiado bien, pero él es feliz en sus callejones. Le gusta jugar al futbol en la playa y corretear por las callejuelas del barrio de la Alcazaba y bajar corriendo con sus amigos por la calle Real hasta el puerto; y le embrujan los cuentos de su abuelo. Son suficientes razones para que no pueda imaginar la vida en otro lugar  [1].

De hecho, los sucesos de la novela emanan esencialmente de la relación de Tami con sus amigos, Mustapha, Lotfi, Miguelito, Bennani, -sus enemigos adolescentes-, Samir y Amin y, particularmente, con el Hach, su abuelo materno.

En efecto, el vagabundeo del protagonista, solo o con sus compañeros, no abarca solamente la Medina, sino también casi toda la ciudad. Destacamos, en general, dos grandes espacios socio-geográficos muy abiertos: la Medina caracterizada por sus laberínticas callejuelas y algunos monumentos históricos -que cobran cierto protagonismo en la novela-, y el Puerto con la playa y las actividades, sobre todo veraniegas, que se tejen a su alrededor.

Como se ha dicho antes, Tami vive en la Medina, la casa de sus padres se sitúa cerca de la Puerta de la Alcazaba, en la primera embocadura de la calle de los Chorfa (54). No lejos, están, entre otros, como es habitual en un barrio popular, un horno, un “hammam” (baño público) y una mezquita (13, 54, 85), espacios de encuentro y de interés colectivo que unen a la población y crean una esfera de interrelación, convivencia y vecindad.

A través de los desplazamientos del protagonista, se esboza, en gran parte, la geografía literaria de la Medina. Tami corretea las callejuelas del barrio de la Alcazaba pasando por la calle Real hasta llegar al Puerto (7). Si el lector sigue los vagabundeos de Tami y Bennani, uno de sus amigos del barrio, seguramente llega a tener una visión bastante clara de la topografía y del escenario donde transcurren los acontecimientos de la novela. Ambos niños parten, por ejemplo, desde la Cuesta del Hammam (86), caminan por las callejuelas de la Medina hasta llegar a la Torre del Judío (88); bajan por las empinadas calles hasta toparse con la mezquita zagüía Násria, casi al otro extremo de la ciudad vieja (89); rodean el Castillo Laqbíbat y suben hacia el Balcón del Atlántico, cruzan la plaza y entran por la Puerta de la Medina para llegar al Zoco Chico (íbid.), donde Mohamed, el padre de Tami, tiene un puesto de artículos de segunda mano.

Tami y sus amigos deambulan frecuentemente por espacios públicos, como el Mercado Central (44, 66), el Jardín de las Hespérides (100), el Zoco Chico... Se pasean también por el embarcadero o el Balcón Atlántico. Los niños se refugian, de vez en cuando, en antiguos edificios como el Castillo de las Cigüeñas, donde juegan a la guerra y se inician a fumar lejos de las miradas censuradoras de los adultos (63, 93-95) o bien van al Cementerio Cristiano donde suelen, sobre todo, buscar cigarrones (25, 44).

Precisamente, en la novela, aparecen varios monumentos y edificios de importancia histórica, cultural o religiosa. Por ejemplo, Tami y sus compañeros juegan en el Castillo de las Cigüeñas, Castillo Al-Nasr, construido por el Sultán Müláy-al-Mansur al-Dahbi (95), en 1578, monumento histórico de valor, sin embargo, el narrador lo describe como uno de los edificios más deteriorados de la ciudad: en el medio de su patio crecen arbustos (95), su interior es una especie de “ruinas decrépitas” y “murallas pálidas y cansadas” (93).

Los edificios y monumentos, dejados por el protectorado español, no se salvan del abandono ni del olvido tampoco. La iglesia de San José es un evidente ejemplo de la decadencia urbana de Larache. Esta iglesia está a punto de derrumbarse, según las palabras del narrador: “Tami se sobrecoge al llegar al esqueleto de la iglesia de San José. La fachada, espectral, se inclina con precipitación hacia un futuro de olvido, y Tami la mira de soslayo, con el temor de verse aplastado un día por sus piedras” (151).

La convicción incontestable que se desprende de los recorridos de los niños, es que la Medina es un espacio antiguo, histórico, pero muy desgastado. El arco de un callejón, por ejemplo, está “descentrado y carcomido por la humedad” (152). En la ciudad vieja, la situación es todavía grave. El niño protagonista sube del Puerto, de regreso a casa, “pasa por una calle maltrecha, asegurada con andamios de madera que sujetan algunas fachadas con peligro de desmoronarse de un momento a otro” (108). Muchos edificios están en ruinas, dejados a su propio destino, donde se huele mal, debido a la oscuridad y a la humedad (86, 88, 93-94). La Medina está totalmente desatendida por parte de las autoridades municipales, a la imagen de muchos monumentos históricos identitarios de Larache.

Tami baja frecuentemente, como la gran mayoría de los larachenses y los turistas, a la zona del Puerto para pasearse por el Balcón Atlántico, refrescarse, admirar el mar y las faenas de los pescadores y, sobre todo, para vivir el encantador ambiente porteño. Durante todo el verano, esta zona constituye una importante atracción tanto para locales como para extranjeros. De hecho, el Puerto conoce una gran animación turística estival.

Por eso, a Tami, le encanta deambularse por los restaurantes del Puerto (14), jugar al fútbol en la playa con sus amigos: Mustapha, Lotfi, Samir, Miguelito, Bennani... (7, 11, 52-53) y, a veces, caminar solo por la “playa peligrosa”, soñando e imaginando sucesos fantásticos, como el encuentro con una sirena varada, triste, “en lágrimas”, al borde del mar, que respira con dificultad. Entre miedo, hechizo y entusiasmo, intenta salvarla heroicamente esforzándose, con todas sus energías de niño, para devolverla al mar (49-52).

Así, esta zona baja de la Medina, además de ser un centro de actividad significativa en la economía de la ciudad, sobre todo, en verano, temporada en que los larachenses comparten generosamente su ciudad con los turistas nacionales y extranjeros, particularmente, españoles y franceses (14, 124), se revela también como uno de los espacios narrativos más productivos y útiles para la creación de la magia necesaria en la evolución dramática de la novela. El Puerto es el escenario dramático de la tragedia vivida por algunas familias de la Medina. Ahmed, hermano de Tami, aparece en la “playa peligrosa” algún día torrencial, sin vida, ahogado con sus amigos, Taha y Jamal, al intentar cruzar el mar ilegalmente hacia España (161-162), suceso que marca, no sólo la población de la Medina, sino también la de toda la ciudad, lo que muestra la decadencia y la pobreza socioeconómica de la sociedad de Larache de los años 70-80, a la imagen de su Medina carcomida y moribunda.

En suma, la presencia de la Medina laberíntica y, en especial, del Puerto y la playa es muy productiva en la novela, ya que contribuye decisivamente a la dramatización del relato, a tal punto que el Viejo Larache cobra un papel protagónico al lado de Tami.

Es verdad que la geografía física y humana larachense, que aparece en la novela, le confiere a esta última un tono nítidamente realista. Sin embargo, gracias a las legendarias y fantásticas historias del Hach, abuelo de Tami, que nutren la desbordante imaginación infantil del protagonista, el universo narrativo cobra, así, un tono “real maravilloso” que se plasma, precisamente, en la relación que mantiene Tami con su entorno geográfico.

En la terraza de una casa de estilo andalusí, construida por la familia Amselem a principios del siglo XX (77-78), según el narrador, de donde se puede contemplar casi toda la Medina, Hassan, personaje raro, anuncia a Tami que Norr, pájaro bendecido, está encargado de cuidarle, “será quien te vigile, será mis ojos y mis oídos, y me hablará cada día de ti. Incha Al’láh” (81).

Eso lo intuye el niño en sus duros momentos de pena. Alguna vez, Amin, hijo del carnicero y uno de los delincuentes y agresores del barrio, planea robarle la camiseta del Barcelona. Para realizar su proyecto, Amin espera acechándole en una “esquina traicionera de la cuesta del hammam” (13), lo ataca y lo arrastra hasta el fondo de un oscuro callejón sin salida, que siempre infunde miedo a Tami. Cuando el niño está seguro de que Amin terminará quitándosela, sucede lo siguiente:

Pero entonces, algo oscuro y enorme rozó la cabeza de Amin y le hizo trastabillar y caer de espaldas. Tami sólo había sido capaz de atisbar una sombra más oscura que la oscuridad negra del callejón, algo que se había movido con sutileza por encima de ellos. Entonces, sin mirar atrás, [Tami] salió corriendo, y ni siquiera se detuvo para comprobar quién le había salvado. Cuando llegaba a la boca de entrada de la callejuela, creyó oír cómo Amin suplicaba que no le pegaran, con un quejido lastimero y cobarde; pero muy bien habría podido tratarse únicamente del ulular del viento (13-14. El subrayado es nuestro).

En este ambiente fabuloso de la Medina, el espacio parece participar o, por lo menos, estar en cierta complicidad con Amin, hasta esta misteriosa intervención de rescate y protección in extremis de Tami. Pero, el narrador omnisciente no sólo relativiza lo afirmado al principio de la cita, sino lo pone en duda, creando, de este modo, un ambiente de misterio y magia. Estas situaciones tan misteriosas y confusas se repiten a lo largo de la novela, cada vez que Tami, como se ha dicho, vive cierta adversidad.

En otras oportunidades, alguien de la Medina interviene siempre para protegerle o ayudarle: un conocido, un vecino, un amigo de la familia..., y, casi siempre, ese “alguien” se encuentra ahí milagrosamente en el momento fatídico y adecuado. Eso crea en Tami la convicción de que es “poseedor de la baraka, igual que Raisuni” (14), alusión al legendario nacionalista y gran rebelde durante la guerra de liberación de Marruecos, cuya fama de invencible se tejó, precisamente, alrededor de que salía casi siempre indemne de cada contienda bélica.

Tami es un niño frágil y enfermo, pero su voluntad de vivir plenamente su infancia como sus amigos, en su territorio querido, le expone a ser, a veces, objeto de violencias y abusos por parte de sus compañeros adolescentes. Para protegerse de esas adversidades, llega a crear un universo -su jardín secreto-, el suyo, dotado de mecanismos propios de defensa. Así, cada vez que vive un suceso en que se queda frustrado, contrariado, amenazado o, sencillamente, invadido por un gran miedo, en algún callejón húmedo y oscuro, se refugia en dicho universo e imagina que alguien o algo le está protegiendo. De hecho, se siente acompañado por la baraka de Raisuni, cuando todo le sale bien o, en caso contrario, invoca, temerosa y angustiosamente, la ayuda de Norr, el halcón de Hassan, personaje curioso, medio loco, medio profeta, que no se sabe si es verdaderamente real o fruto de la imaginación del niño.

Samir, lo ataca otra vez, lo agrede brutalmente conduciéndole a una casa en un “Fondok” y, luego, por una razón u otra, lo suelta (100-101). Durante la agresión y la caminata desde la Plaza de España hasta el Fondok, Tami no para de mirar al cielo, por si acaso aparecerá el divino halcón, pero, en vano. Norr se ha perdido en el cielo.

Entonces, el niño -que se acerca a los 10 años-, que tomaba antes, casi siempre, sus sueños y fantasías por hechos reales, o, por lo menos, frecuentemente se mezclaban con la realidad en su mente, empieza a tomar conciencia del mundo que lo rodea. Profundamente, desilusionado y abandonado, tras las continuas agresiones sufridas, Tami se despierta paulatinamente de su propia trampa: Hassan y su halcón, las princesas y los héroes legendarios de los cuentos de su abuelo: Barbarroja, Sindbad, Saladino, Raisuni o Penélope, Scheherazade y su sirena ahogada sólo pertenecen a su exuberante imaginación. En realidad, nadie se ocupa ni se preocupa por él en la calle, lejos de su madre, abuelo y algunos amigos, Tami está absolutamente abandonado a su soledad, flaqueza, cobardía e impotencia, incluso, a veces, no es capaz ni siquiera de llorar, ni de pronunciar el más quedo susurro delante de sus verdugos (102, 109...).

Es cierto que, la Medina es su territorio querido, pero es también el túnel de su iniciación, a duras penas, a los secretos de la vida. En el seno de estos espacios y paisajes, físicos y humanos, no sólo el niño protagonista se está forjando, sino también toda una generación desatendida y reprimida con un futuro completamente inseguro.

2. Aspectos de la sociedad larachense

Paralelamente al protagonismo de Tami y su familia, aparecen otros personajes, de menos importancia en la novela, pero que podrían configurar, en parte, la sociedad larachense. La obra no proporciona los indicios necesarios y suficientes para poder destacar la estructura social de Larache de aquel entonces, según criterios ideológicos, sociológicos y económicos rigurosos. Las informaciones que brinda la novela al estudioso, no pueden permitir despojar cómodamente las características definitorias de cada grupo social [2], determinar sus componentes, analizar su modo de vivir, de pensar, de sentir y las relaciones e intereses de uno con respecto a otro.

La obra se interesa, casi esencialmente, por la familia del Tami, representante del grupo social bajo, aunque surgen otros personajes, con poca caracterización, pero que podemos categorizar, grosso modo, en grupos sociales medios, como comerciantes (libreros y bazaristas...), profesionales liberales (empleados de banco, médicos...), intelectuales y artistas (cineastas, músicos, pintores, escritores) y emigrantes que vuelven con regularidad a la ciudad contribuyendo, así, de una manera u otra, a su evolución y desarrollo.

Por eso, vamos a sintetizarlo todo en destacar algunos valores y características sociales generales para poder definir la sociedad larachense, descrita en la obra de Barce. Debemos señalar que, en el fondo, a parte del factor económico, no aparecen grandes diferencias exclusivas entre los grupos bajos y medios en la Medina.

a- Pobreza y delincuencia

La pobreza es visible en todas partes de la Medina. Las casas, las callejuelas, como hemos visto, son viejas y deterioradas, debido al tiempo, a la humedad y a la indiferencia de las autoridades locales.

La familia de Mohamed, padre de Tami, es representativa. En su casa, de menos de 50 m², con habitaciones sin ventanas, donde conviven tres generaciones: los abuelos, los hijos y los nietos, llevando una vida que roza la indigencia. Mohamed, despedido de una fábrica, se ve obligado, para satisfacer las necesidades básicas de su familia, a ejercer varios oficios, hasta conseguir, casi por fuerza, un puesto para vender mercancía de segunda manos y cachivaches.

Además de la familia de Tami, de vez en cuando, atraviesan fugazmente, esparcidos a lo largo de la novela, algunos representantes de distintos estratos sociales del grupo bajo, como vendedores ambulantes de frutas y verduras, en los alrededores del Mercado Central, de cachivaches, en el Zoco Chico, reparadores de aparatos viejos y, de modo general, marginales, criminales y asesinos, y marginados, mendigos, limpiabotas…

Precisamente, algunos limpiabotas y adolescentes cómplices están implicados en asuntos prohibidos y perversos.  Samir y Amin son los más delincuentes de los compañeros de Tami. Samir, el malvado, se jacta de que lleva tres años fumando y que ha probado “kifi, pegamento y más cosas...” (66), lo que deja suponer que, en la sociedad larachense, existe un cierto tráfico de drogas, aunque no muy declarado.

La pobreza es un factor que empuja, casi fatalmente, a la delincuencia: robo, prostitución, pedofilia, violencia y crimen. Amin conduce a Tami, amenazándole con una navaja, a casa de un viejo perverso francés para que éste abuse del niño a cambio de 200 dh (151-159). El delincuente ha sido remunerado, él también, por su servicio, como fiel intermediario. El dinero cobrado por el Amin termina en manos del Moreno, joven de unos veintitantos años, que lleva sobre el pecho “un pequeño tatuaje, un trébol de cuatro hojas sobre una navaja” (151). Se trata del famoso asesino de la ciudad, recién escapado de la cárcel, que las autoridades locales siguen buscando (152-153, 156).

Estos hechos y algunos más, como la inmigración clandestina, subrayan que la sociedad larachense, tradicional y conservadora, basada en la moral religiosa y la tradición ética ancestral, está sufriendo un proceso de transformación inevitable en los tiempos modernos.

Señalamos que el tiempo de la historia, en la novela, cubre un largo período de más de 50 años, desde finales del Protectorado español en Marruecos hasta finales del siglo pasado [3]. La sociedad moderna impone nuevos valores y modos de vida fundados, esencialmente, sobre una educación y conducta pragmático-utilitaristas y materialistas. Precisamente, el dinero es considerado, por estas capas sociales, como el centro y el motor de la vida, lo que justica, en gran parte, el malestar reinante en el seno de la sociedad larachense narrada.

La dualidad tradición-modernidad, característica de sociedades pobres o, por lo menos, en vía de desarrollo, aunque no se acentúa con vehemencia, contribuye, en la novela, a la creación de tensiones y conflictos. Así, se esboza a través de apariencias y aspectos exteriores más que por reacciones o actitudes ideológicas, como la vestimenta, por ejemplo. El caso más claro, en este sentido, se manifiesta en el Balcón Atlántico, durante el paseo de mujeres pertenecientes a distintas generaciones. El narrador las describe de esta manera:

Unas mujeres cubiertas con chilabas blancas conversan apoyadas en la balaustrada. Y unas chicas, en vaqueros, vistiendo camisetas estrechas, ríen con estridente jolgorio y se hablan en francés con acento remarcado. Los hombres que pasan caminando se miran unos a otros y les corresponden con alguna zalamería, creyendo, ilusos, ser la causa de tanto escándalo (70-71. El subrayado es nuestro).

Es obvio que, la chilaba, el jaique y el velo pertenecen a la vestimenta femenina ancestral que, según los criterios tradicionales y conservadores, se llevan porque no permiten exteriorizar ninguna señal de distinción socioeconómica, ni de ostentación, ni de provocación a hombres, de hecho, evitan toda susceptibilidad de cualquier tipo. Evidentemente, los tiempos cambian, las modas y las mentalidades también.

Antes, la pobreza se acepta, casi religiosamente, pero se intenta superarla con el trabajo digno y la lucha cotidiana por la vida, como lo ilustra el ejemplo de Mohamed y todos los demás campesinos vendedores de frutas y verduras.

En la sociedad moderna, la pobreza, en cambio, se considera, sobre todo, por las nuevas generaciones, como una maldición insuperable y el trabajo, cualquier trabajo digno, algo duro, degradante y sin rentabilidad satisfactoria.

Ahmed, el hermano de Tami, fracasó en sus estudios y sin profesión alguna, tiene vergüenza de la actividad comercial de su padre en su miserable “puestecillo” (85), él y todos aquellos aventureros y soñadores irrealistas, prefieren otro rumbo para ganarse la vida, la vía insegura de la inmigración ilegal, que les conduce irremediablemente a la perdición y a la muerte (156).

De hecho, si los mayores de los grupos bajos y medios siguen ayudándose y solidarizándose mutuamente; en cambio, el comportamiento de las nuevas generaciones se caracteriza por la violencia y el rechazo de trabajos dignos y gratificantes. Eso se debe, esencialmente, a las malas estrategias adoptadas, a que muchos se han alejado de los valores e ideales positivos de su sociedad o, por lo menos, no han sabido adaptarse adecuadamente a las tentaciones y expectativas que les brinda la vida moderna.

b- Solidaridad y generosidad

En el seno de los grupos bajos y medios, las relaciones son, de modo general, complementarias y sin grandes conflictos, porque sus intereses y preocupaciones los acercan y los unen.

Dentro de la familia de Tami, la necesidad material, en particular, refuerza los lazos, sobre todo, entre las generaciones de los padres y abuelos. En cambio, los sentimientos afectivos, de amor y cariño, en particular, si las madres los explicitan con los niños, en cambio, los padres, casi nunca, lo hacen claramente. Parece costarles mucho a los padres exteriorizar sus sentimientos para con sus mujeres e hijos, bien sea por vergüenza, por timidez o, sencillamente, por la fuerza de la tradición.

Este comportamiento incoherente es producto típico de la familia tradicional, no sólo en Larache, sino también en todas partes conservadoras del país. En un tiempo difícil, Mohamed se vio obligado de separarse de Ahmed, su hijo mayor, al internarlo en el Orfanato Musulmán de Larache (10), porque creía que allí estudiaría mejor, pero, en el fondo, lo hizo por falta de recursos materiales para satisfacer las necesidades básicas de su familia.

Además, en la familia tradicional, los hijos deben obedecer, casi ciegamente, a sus padres, como en el caso del propio Ahmed, que se levanta muy temprano, a pesar suyo, para ayudar a su padre transportando la mercancía de la casa al puesto o viceversa (85). La subsistencia de la familia la asegura, en gran parte, ese puesto. El hijo mayor, por tradición y obligación moral y material, debe ayudar –hasta el sacrificio, a veces- a su familia y tomar responsabilidades para mejorar su nivel de vida. Ahmed no está en condiciones de llevar a cabo ese compromiso con su familia. De hecho, para ganar tiempo, opta por la inmigración clandestina, por la vía más corta y difícil.

Mientras que el abuelo, que vive con su yerno, consciente de la mala situación económica de los suyos, contribuye a la renta de la familia con su exigua pensión y lo que gana de sus bricolajes en el taller, que instaló en la azotea de la pequeña casa. Así, ayuda a Rachida, su hija, pagando, por lo menos, el colegio de Tami, su nieto preferido, que matriculó en el colegio español, ya que considera a Ahmed como el producto negativo de la escuela pública marroquí, un fracasado (7-8, 19, 28).

Asimismo, colabora indirectamente con su yerno en su negocio. El viudo Hach compra tostadoras, radios, televisores... averiados, por Sidi El Yamani o Asilah, los repara y se los ofrece a Mohamed para venderlos, luego, en su puesto (14). 

A su vez, Rachida, tradicional ama de casa, salió a trabajar como cocinera, en la casa del doctor Ali Merzouki, cuando su marido había perdido su trabajo en la “Fábrica de Lukus” (84), así, aportó algo suplementario a la renta familiar.

De hecho, esta familia se moviliza generosa y solidariamente frente a las exigencias del hogar y de la vida en general, a tal punto que un día, el abuelo vendió su laúd para comprar ropa a sus nietos (105). Esta familia podría ser un caso general que representa los valores vitales de los grupos bajos, grupo que lucha continuamente por la vida y, sobre todo, en tiempos difíciles para sobrevivir dignamente.

Los mismos valores humanos de los trabajadores caracterizan a intelectuales, artistas y comerciantes de la ciudad. Tami, personaje que se mueve entre espacios y capas sociales, recibe un trato y una atención especiales, en momentos graves de su vida, de los representantes de los grupos medios. Como se ha dicho, el niño fue asistido y protegido, en varias ocasiones, primero, en el embarcadero, por Mayid Yabari, el propietario de una agencia de cambio (14); luego, fue salvado de una gran adversidad, cerca del mercado central, Abderrahman El Anjeri y Rachid Serrouk, libreros amigos de la familia, de cuando vivían en La Medina (44); después, cuando tuvo un ataque de asma, los músicos, Ahmed El Gennouni, Luisito Velasco y Abdeslam Ahkrif se toparon casualmente con él en la Avenida Mohamed V en crisis y lo llevaron urgentemente al hospital (103-104); casi todos los amigos de Ragala, dueño del Bazar Comandancia, se ocuparon del niño e intentaron calmarlo y suavizar su soledad (104-106) y, finalmente, lo condujeron a casa.

Con la misma cordialidad y solidaridad, Mohamed fue auxiliado, cuando se desmayó en el puesto a raíz de una insolación. El narrador describe la escena de este modo:

Cuando abre los ojos, varios rostros lo rodean, abanicándole con cartones y con una revista que Pili llevaba bajo el brazo. Balbucea una palabra, pero no sale nada de su garganta salvo un sonido extraño [...]

Le traen un vaso de agua, lo recuestan contra la pared. Está bajo uno de los soportales junto al Bazar de Abdeslam, que ayuda a Pili a ponerle un pequeño cojín bajo el cuello de Mohamed. Luego, Abdeslam hace que un niño le traiga algodón y agua oxigenada de la farmacia, y Pili se lo aplica a la herida de la frente, una brecha de un centímetro que se ha abierto al caer como un saco contra los adoquines (126-127)

Entre todos, ayudaron a Mohamed a restablecerse y cerraron su puesto con un plástico que ataron con una cuerda; débil y agotado volvió a casa arrastrándose difícilmente los pies.

Es cierto que existen diferencias socioeconómicas entre los grupos bajos y medios, pero en el nivel humano, son verdaderamente complementarios y solidarios. Eso es una de las facetas positivas de las pequeñas y antiguas ciudades como Larache. En este sentido, abundan los ejemplos, en la novela. Como se viene observando, aparecen también españoles, que forman parte integrante de esta sociedad larachense y que participan solidaria y activamente en la vida cotidiana de la ciudad.

c- Convivencia y tolerancia

La solidaridad humana, que caracteriza a los grupos bajos y medios, es la base que acarrea y facilita la convivencia entre ciudadanos larachenses, marroquíes y extranjeros de todos los horizontes tanto bajo el Protectorado como en la Independencia.

El Hach había trabajado con los españoles durante el Protectorado. Tenía muchos amigos mecánicos, sus colegas de trabajo, entre ellos, Manuel Gallardo (136); de hecho, era muy integrado en la sociedad colonial, respetado y querido, ya que compartía con ellos, junto a otros marroquíes, algunas aficiones, como la pasión por el fútbol. Por otra parte, Casitas, uno de los mejores jugadores de Larache, le dedicó aquella enorme victoria sobre Martos, en 1953, debido a su amor por el equipo de la ciudad (135-136).

Muchos años después de la Independencia del país, la hija de Gallardo, volvió a Larache en busca del Hach, amigo de su padre, para visitarle y ofrecer regalos a su familia (12), como señal de amistad y fraternidad entre ambas familias. Hach, a su vez, inculca a Tami estos altos valores humanos de tolerancia y convivencia pacífica con “el Otro”, a través de las historias que le cuenta, encarnados por la figura emblemática de Saladino (23-24). Precisamente, este espíritu de fraternidad y tolerancia, entre razas, personas y religiones, que reinaba en la sociedad larachense, animó a varias familias a seguir viviendo en Marruecos independiente, a pesar de que la gran mayoría de españoles prefirió volver a vivir definitivamente en España.

Así, se observa, en la novela, la existencia de españoles residentes en Larache; éstos viven en plena armonía e integración social con los locales. Toni, el hermano de Pilar Triviño, que trabaja en el Consulado español, ayuda al suegro de Mohamed, consiguiéndole el visado necesario para viajar a España y presenciar el entierro de un amigo. Favor que Rachida, la madre de Tami, nunca olvida, se lo agradece a Pili, cada vez que se ven por la ciudad (126).

Los ejemplos abundan en la obra. La familia de Miguelito que sigue viviendo en la Medina entre marroquíes. Su padre goza de la amistad de larachenses y, sobre todo, del jefe de la policía de la ciudad (75). Durante el Protectorado, Esther, la abuela materna de Miguelito, cuando era joven, era muy admirada en Larache, luego, se fue a Tánger y, allí, se hizo mucho más famosa, gracias a su trabajo en la publicidad de ropa interior de mujeres (72), fue una especie de artista que aparecía, casi desnuda, en los periódicos de la época.

Muchos de los que se fueron o se expatriaron, españoles o marroquíes, vuelven para pasar sus vacaciones de verano en Larache, lo que enriquece la ciudad en varios niveles: en lo sociocultural-humano y en lo económico, como se ve claro en este pasaje:

Eran numerosos los turistas, varios españoles, casi todos originarios de Larache que habían vuelto a la ciudad de vacaciones, y familias marroquíes, emigrantes en Francia, España o en Holanda. Una pareja francesa discutía el precio con uno de los chicos de las barcas. Las voces se confundían en tres idiomas, dos remeros se empujaban increpándose uno al otro por haberse adelantado a recoger a uno de los grupos de españoles; uno de ellos sabiendo, obviamente, que su competidor iba a sacar alguna buena propina (14).

La nostalgia de unos y el amor patriótico de otros humanizan las relaciones, suavizan los conflictos, descartan los prejuicios y abren la sociedad larachense sobre la convivencia, la tolerancia y el respeto al “Otro”.

Sin embargo, en esta sociedad idílica, se nota la ausencia de representantes de los grupos superiores, quizás, debido a que el novelista hubiera preferido ambientar su novela sólo en esferas sociales medio-bajas, porque fueron los que marcaron más su infancia, de hecho, el universo social creado en la novela, pertenece esencialmente a sus recuerdos, a su pasado y estado emocional. Además, los grupos medio-bajos fueron y siguen siendo las capas sociales de la Medina por excelencia.

Para concluir, se puede afirmar que, Sergio Barce, en Una sirena que se ahogó en Larache, no cae, en ningún momento, en los tópicos costumbristas y folkloristas para crear ambientes exóticos, frecuentes en la escritura de los extranjeros sobre Marruecos, para satisfacer, precisamente, el gusto del lector occidental. El novelista acierta muy bien en combinar realismo crudo y ficción “real maravillosa”, al narrar la vida en la Medina larachense, al dibujar una geografía física y humana rescatada, en gran parte, de sus profundas y propias entrañas y de su excepcional experiencia, como español nacido en tierra marroquí, lo que, según parece, forjó definitivamente su infancia y su memoria.

Su universo narrativo podría incluirse fácilmente en la escritura de los llamados “pieds-noirs”, ya que Sergio Barce nació en Larache y, de modo general, los espacios de sus obras se sitúan en la zona norteña de Marruecos, esencialmente, en Larache y Tánger… Su proyecto narrativo se basa primordialmente, hasta el momento, en ficcionalizar recuerdos y reminiscencias de aquella etapa de su vida en Larache y, de modo general, en el norte de Marruecos. Sus novelas se fundamentan en una escritura de memoria, mestizaje cultural e historia personal, exactamente como es el caso de los escritores “pies-negros”, aunque trasciende frecuente e inteligentemente ese pasado para referirse al norte de Marruecos contemporáneo.

A pesar de la sensibilidad social, que se desprende, por lo menos, de la novela que estudiamos, la crítica se hace muy implícita, porque lo esencial para él es la expresión de su apego y nostalgia a su tierra natal.  Se podría acercarse a las primeras novelas de Barce desde la perspectiva y la dimensión narrativa de los “pies negros”, con todas las connotaciones sicológicas y culturales que implica esta apelación. De hecho, el novelista malagueño asume -y, a su manera-, como muchos escritores y artistas, su condición de “pienegritud”  [4] y mestizaje cultural.

Una sirena que se ahogó en Larache es una novela sencilla en su estilo, su estructura narrativa y sus contenidos, pero Sergio Barce ha sabido trabajarla, quizás, en eso también radica su gran logro. A pesar de basarse, esencialmente, sobre hechos y personajes reales y verídicos, según sus propias declaraciones, la obra se ha estructurado acertadamente. Al reflexionar sobre el proceso de la escritura, el novelista ha resuelto admirablemente, a nuestro parecer, dos problemas.

Primero, atenúa el aspecto fuertemente realista de la novela, acompañándolo –contrarrestándolo, diríamos- sutilmente con ambientes y pensamiento mágicos, real-maravillosos, que crean, en el lector, aquel placer requerido para seguir leyendo. Luego, la instancia narradora, que sostiene el relato, podría parecer inadecuada a primera vista, ya que la gran mayoría, de novelas protagonizadas por niños, está narrada en primera persona. Si el novelista hubiera elegido esta focalización, seguramente, lo hubiera comprometido y limitado demasiado, porque la novela sería abiertamente autobiográfica y, en este caso, podría conducir a Sergio Barce a la escritura directa, debido a su tono altamente nostálgico. De hecho, opta, inteligentemente, por el narrador omnisciente que lo sabe todo, que se entromete en la mente del niño y, que muchas veces, adopta su visión del mundo y, así, narrador y protagonista, en gran armonía y complementariedad, llevan la narración a revelar admirablemente ese universo real mágico de Larache, ciudad y sociedad.


[1]- Barce, Sergio, Una sirena se ahogó en Larache, Almería, Círculo Rojo, 2011: 7. Cf. también, en este sentido, p. 108. De aquí en adelante, la referencia a esta obra se pone entre paréntesis en el cuerpo del texto.

[2]- Evitamos el uso de “clase social”, porque este concepto nos parece totalmente inadecuado en este caso; es un concepto que supone que los miembros que forman dicha clase deberían gozar de una conciencia de clase, compartir los mismos intereses y preocupaciones, ocupar la misma condición en la sociedad o tener la misma situación en el sistema de producción…, o sea, son individuos homogéneos en la sociedad donde viven. Así, el uso de “grupo social” o “capa social” nos parecen adecuados en el contexto de la novela, porque los personajes tienen pocas características comunes, como la manera de vivir y pensar. Además, distinguimos, también, dentro de cada grupo estratos sociales.

Véase, en este sentido, el clásico libro de Marta Harnecker, Los conceptos elementales del materialismo histórico, México, Siglo XXI, 1975, IX: “Las clases sociales”, 165-210.

[3]- Alusiones a Abdel Krim (Al Jattabi), a Raisuni, a Silvestre y al general Mesián y, en especial, al “África deportiva”, periódico tetuaní de los años 50, el Hach, abuelo de Tami, conservaba celosamente el ejemplar del 27 de septiembre de 1953, porque el equipo de fútbol de Larache venció a Martos por 4 goles a 2: estos indicios temporales remiten al Protectorado, con todo lo que dejó en la ciudad (nombres de calles, plazas, hoteles...).

Las referencias al tiempo postcolonial y a la independencia del país son escasas y vienen en filigrana, como cuando la hija de Gallardo, amigo y compañero de trabajo del Hach durante el Protectorado, volvió –después de muchos años- a Larache para buscar a este último, la española no sabía que en la familia había nacido Tami, lo que significa que el niño nació muchos años después de la independencia, cuando la gran mayoría de los españoles regresaron a España. En la novela aparecen, por lo menos, tres familias de los que se quedaron a vivir en Larache: Pilar Triviño, que Mohamed, padre de Tami, conocía desde que era niña, la familia del Sr. Tomás Cabezos y su señora y la de Miguelito, amigo de Tami. También aparecen referencias a instituciones educativas: la “escuela marroquí”, en oposición al “colegio español” y “El orfanato musulmán de Larache”.

En casa de Tami, hay un viejo televisor Telefunken y su abuelo repara televisores que funcionan todavía con lámparas. Las menciones de los atentados de Atocha (24.01.1977); la dificultad de conseguir un visado para ir a España (a partir de 1995, año de rigor del acuerdo Schengen); las primeras víctimas de la inmigración ilegal en Larache y el juguete con mando a distancia que ofreció el Hach a su nieto, todos estos detalles temporales podrían ubicar el tiempo de la historia en el Marruecos contemporáneo, por lo menos, de finales del siglo pasado sin precisión exacta.

[4]- “Pieds-noirs” es una apelación que se otorgó a los colonos o a sus hijos nacidos en la Colonia. Los “pies-negros” de Argelia es un ejemplo muy significativo, precisamente, en el apego a su tierra natal. Se puede citar, entre otros casos ilustres, a Albert Camus, periodista, filósofo ensayista, dramaturgo y novelista francés, galardonado en 1957 con el Premio Nobel de Literatura.

En el caso de Marruecos, se puede señalar los “pies-negros” españoles y franceses, sobre todo, de origen judío, caso que va muy lejos en ese amor al país de adopción, ya que esos judíos reconocen la “bay’a” (juramento de lealtad y fidelidad) a los reyes de Marruecos, como lo hacen los marroquíes.

Hubert Ripoll, nacido en Argelia, escribe una obra importante, Mémoire de “là-bas”. Une psychanalyse de l’exil, concebida a través de entrevistas a un gran número de “pies_negros” franceses, pertenecientes a tres generaciones, para comprender cómo su historia había podido transmitirse a la tercera generación, nacida en Francia. Así, el profesor Ripoll pudo poner de relieve que la condición de la “piednoiritude” de la población entrevistada va muy asociada, esencialmente, a tres vivencias: éxodo-exilio, memoria, nostalgia (que denomina “nostalgérie” (“nostargelia”). Estos dos neologismos se comprenden fácilmente sin mucha explicitación. Si parafraseamos bien al profesor Ripoll, podríamos afirmar que esta condición de “pienegritud” se aplica visiblemente a Sergio Barce, partiendo, sobre todo, de lo que escribe en su blog personal acerca de su condición de hijo de la segunda generación del Protectorado. Seguramente, a través de lo que siente, vive, escribe y comparte, contribuirá a transmitir su historia personal a sus hijos, nacidos en España.

Bibliografía

-BARCE, Sergio, Una sirena se ahogó en Larache, Almería, Círculo Rojo, 2011: 175.                                        

- -------------------, Blog personal: sergiobarce.wordpress.com [30.03.2016], Web.

-HARNECKER, Marta, Los conceptos elementales del materialismo histórico, México, Siglo XXI, 1975, Cap. IX: “Las clases sociales”: 165-210.

-RIPOLL, Hubert, Mémoire de “là-bas”. Une psychanalyse de l’exil, Paris, Ed. L’aube, 2012: 320.

 

 

 

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