5 marzo 2017

“Al amparo de unos dioses ajenos” de Guillermo Arroniz López

Ana Herrera


Hoy vamos a reseñar este precioso libro, “Al amparo de unos dioses ajenos”, de mi estimado amigo Guillermo Arróniz López, que, en sus propias palabras, constituye un homenaje a los autores y a las grandes obras  de la escultura, de la pintura y de la arquitectura que ha admirado desde que era  niño, y, en los últimos años,  a su apetencia marcada a la fotografía.

Se estructura, pues, el conjunto de este poemario en cuatro partes muy diferenciadas que acogen abiertamente los sonetos ejecutados en este sentido y por este orden: “El dios de la escultura”, “El dios de la pintura”, “El dios de la arquitectura” y “El dios de la fotografía”. Sonetos bien construidos, llenos de recursos literarios, como sus brillantes metáforas, comparaciones, adjetivación, anáforas, repeticiones, interrogaciones retóricas…, que nos conducen a través de la lectura por un marcado espacio poético.

La grandeza de los dioses se traslada a la grandeza del arte y del artista de la mano del poeta,  que no puede hacer otra cosa que trasladar su admiración por las obras contempladas al universo de un dios.

“El dios de la escultura”. Un paseo por museos y lugares depositarios de la belleza artística. Descripciones, en esta primera parte, del cuerpo, de los detalles de la figura, del cuello, de los ojos, del sexo, nos hacen admirar lo descrito, penetrar en el interior de las innumerables esculturas que aparecen a nuestra mirada y quedarnos atrapados en su alma, en su historia, en definitiva, en su contemplación divinizada. Afloran sentimientos y estados de ánimo en las estatuas: furor, dolor, rabia, angustia, dulzura, piedad. Valgan como ejemplo las siguientes metáforas: “sinfonía de tu cuello”, “tu sexo, tentaciones del Egeo”, “tu cuerpo, borbotones de deseo”, “tu cuerpo es puro lirio y madrugada”.

Pero este paseo además nos hace transitar por ciudades que son la cuna de la cultura: Córdoba, Bruselas, Londres, Madrid, Las Palmas de Gran Canaria, Valladolid, Roma, Florencia.  Y reencontrarnos con personajes estereotipos (el náufrago), bíblicos (Caín, David), cristianos

( Cristo, la Piedad, los santos, Lucifer) y mitológicos.

Al tiempo, nuestra admiración se deposita en Juan Bordes Berruguete, Bernini y Miguel Ángel Buonaroti.

“El dios de la pintura”. En esta segunda parte nuestro recorrido poético nos lleva hasta Lord Byron, los santos y el martirio de algunos de ellos, los desnudos, los anónimos, el espejo, Cristo, Ana de Mendoza y lugares especiales como el firmamento. Pinturas asentadas en grandes ciudades como Brujas, Hartford, Bucarest, Salamanca, Palencia y Osuna. Y en ellas contemplamos la creación maravillosa de ilustres pinceles: Josep Denis Odevaere, Zurbarán, Alonso Cano, Fernando Gallego, El Greco, Qviron Lethebain, José de Ribera (El Españoleto) y algunos artistas anónimos.

En los sonetos abundan intensas exclamaciones que expresan la admiración hacia los pinceles de claroscuros, aparecen referencias a personajes mitológicos (Baco) y  descubrimos las invocaciones al pintor Fernando Gallego. Numerosas citas introductorias de obras famosas tienen relación con el contexto descrito.

En este contexto se demarca un poema en octosílabos rimados asonantes, El martirio de San Sebastián de El Greco, y llama nuestra atención el poema dedicado a Qviron Lethebain, artista contemporáneo ilustrador de la portada de este libro, donde la voz poética trata de captar el alma del pintor a través de la calma que nace mientras este contempla el mar.

Se cierra este capítulo con un poema al retrato perdido de Lucrecia Borgia, tan admirada por nuestro autor, objeto de su pluma en sus brillantes ensayos y narraciones, y cuyo rostro, que no está claro, parece vislumbrar el poeta confundido entre los espacios de una ciudad que la ha olvidado.

“El dios de la arquitectura”. Nos conducen los pasos del yo poético, en esta tercera parte, por la “Catedral de León” (piedras y vidrios, dédalos de luz), por la “Catedral de Arucas”, por la “Fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia”, por la “Catedral de Córdoba” ( alusión a  las siete palomas que velaban el balcón, a la paz y los olivos), por la “Fuente en la Residencia de Verano de Peles ( Baco, los jóvenes desnudos, el sátiro, el erotismo, la hermosura de los cuerpos apolíneos), por el “Quiosco del Museo Cerralbo” ( canto a su torre, al jardín, a las estatuas, mientras recuerda con nostalgia su infancia por aquellos arcanos lugares y le vienen a la memoria los versos de Machado: “En el parque yo solo… (…) y olvidado”), por Florencia (a “La Sacristía Nueva Imaginada en la Noche”, a la “Sacristía Nueva de Florencia” llena de tumbas y mármoles desnudos donde “hablan las piedras del Renacimiento”), por “El harén del príncipe cordobés” (lejos del espacio bélico, el harén se encuentra rodeado de “muros maravillosos, con fuentes de voces claras que diluyen las penas” y salones “que llaman de los hermosos”, con la presencia del príncipe vestido de seda, perfumado de canela y rosa y entregado a los ritos del placer nocturno).

“El dios de la fotografía”. Vemos reflejadas en estos versos la “Fotografía de Michael Bilota (a un hombre duro que inspira maldad y terror). “Inmensidad” (a un paisaje solitario; fotografía del autor). A las fotografías de Qviron Lethebain (canto a la desnudez masculina: “La esencia fuerte de tu desnudez”, y a la hermosura de Juan el Bautista. A “La  rosa blanca”, metáfora de la noche de San Juan (fotografía del autor). A un “Pozo nevado” de Rosmari Alonso, hermoso poema en octosílabos rimados asonantes en los versos pares: “Mi alma como ese cubo / se habrá quedado encerrada / entre los copos compactos / de esta hermosura vidriada”. A “El violín canario. Fotografía por hacer” donde los dedos de un muchacho tocarían un violín cuyas notas representarían la esencia de la tierra canaria: “Rodeado de mar, pero en secreto, / al pie de bellas casas centenarias, (…) / Muchacho, tu violín, como una espada, / partía el corazón con sus quejidos. / Brotaba negra sangre enamorada”. A “El hombre bajo la lluvia” y a “El pájaro en la rama”, ambas de autores desconocidos. “El soneto de la belleza” aparece inspirado en Córdoba (fotografía de la memoria): “Mirando atardecer –el sol crepita / en el fragor del patio y la mezquita…”.  “Shy (tímido). Win de Roo” (a un joven desnudo, bello, asido al compañero, su laúd). “Fotografía por Errikos Andreou” (a San Juan decapitado). Y llegamos al final del poemario con un poema dedicado a otra fotografía que el propio sujeto poético tomó en Florencia, ciudad de sus amores, y que va introducido por un impresionante y bellísimo título, “Hacia la aurora iré”: “…quedo y desnudo (…)  / Fría tumba lunar de mármol crudo / donde se abrazan Pasión, Arte y Fe (…) / de los gloriosos Medici, mecenas”.

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