3 febrero 2017

JAZMINES PARA UNA BIZNAGA

Ana Herrera


"Jardines para una biznaga”

Daniel Moscugat

Málaga, 2016

 

Daniel Moscugat es, en esencia, autodidacta de vocación, catedrático de la vida, autor multidisciplinar y eterno alumno... autor de poemas, relatos, cortometrajes, documentales, y demás productos audiovisuales y fotográficos, así como críticas de cine, columnista, etc...

Finalista y ganador de numerosos certámenes de poesía y relato a nivel nacional.

Realizador audiovisual, firmando trabajos como freelance para cadenas de TV locales y nacionales, además de trabajos como productor, montaje y edición de diversa índole.

Actualmente realiza colaboraciones sobre cine en el programa "Por Fin Es Viernes" de la cadena COPE Málaga.

 Jazminez para una biznaga es un poemario dedicado a Antonia María Semper, su eterna musa,  y un elogio a la ciudad de Málaga y a la mujer universal, cuya esencia se simboliza en el arte de un ramillete floral que en los días de verano cobra vida por las calurosas calles de Málaga.

“Siempre hay flores para el que desea verlas”, escribió  en cierta ocasión el famoso pintor francés Henri Matisse.  Dani Moscugat las ve, las huele, absorbe la esencia del jazmín, se deleita en el placer de la biznaga malagueña hasta convertirla en pura poesía.

Es su poemario un derroche de sensualidad que despierta en él el solo recuerdo, la sola contemplación o la posesión de la mujer deseada, soñada, amada, su carne, su aliento, su piel, su beso. Sensualidad que transcurre paralela a las horas del amanecer o del anochecer en la alcoba, entre circunstancias puramente cotidianas. O sensualidad que se vuelca a veces en otra tempestad, la de la soledad, la de la ausencia. Una y otra vez reaparecen,  en una constante invitación al deseo, el cuerpo, los dedos, los brazos, los labios, el aliento, sus pasos, su piel, sus párpados, sus pies desnudos, sus mejillas, su mirada, su sonrisa, su regazo, su pelo…,  como si de una declaración se tratase de amor eterno. No hay parte del cuerpo femenino  que no asome en este poemario. Y en este deambular por el perfil de la belleza que encarna su musa, el poeta se siente eufórico, contento, alegre, feliz, “vestido de grito y oro”, como expresa en esta bella metáfora. Un halo de nostalgia ante  el paso del tiempo se asoma, no obstante y levemente, a su erótico balcón poético. Y  son los pasos de su musa nuevamente los que sostienen al poeta que la contempla sin descanso. La voz poética vive en una interminable locura de amor que se torna en “locura de muerte” en los brillantes versos finales de “He venido para verte”: “A esta locura de muerte / que es amar sin verte, / verte sin tocarte, / tocarte sin sentirte, / sentirte sin verte”. A veces, el verso libre adquiere forma estrófica clásica, como en un divino soneto donde la musa se presenta como salvadora del yo poético que transita cansado y sin sentido. Así lo afirma en la  metáfora “el oasis de tu pelo me salvó”, erigiéndose así en fuente de su vida. Nos hace recordar esta actitud las palabras de T. S. Eliot: “Eres la música mientras la música dura”.

“Nadie puede aconsejarte y ayudarte, nadie. Solo hay un camino, ve hacia adentro”, nos decía el insigne poeta Rainer Maria Rilke.  “Una línea traza el tapete de la existencia”, nos dice Dani Moscugat y con esta reflexión se adentra  en uno de los pilares básicos de la poesía de todos los tiempos: la problemática existencialista. La vida en este primer poema, que refleja la angustia vital del ser humano,  transcurre entre el ayer y el mañana, apremiada solo por el fantasma del azar. El autor deambula entre el pasado y el futuro abierto, apostando siempre a ganar. La envidia, el escondite, el ángel caído disfrazado de mentira, el silencio, el alma muerta, se convierten ahora en protagonistas de su voz. Y luego, una llamada de atención al despertar a la vida en el poema “Presta atención” que se resume en la pregunta retórica del último verso: “¿Llueve sobre tu tejado?”. Una mirada al viento, que se personifica y trae un hálito de esperanza a los desesperados,  al tiempo presente que se alimenta del recuerdo, a la despedida de la inocencia en el camino hacia la madurez –en el poema “Disfraz de invierno”-.

De nuevo, el sujeto poético, desde el silencio del mirador, se deja llevar por su musa mientras contempla el horizonte y el ocaso: “Al amparo de tu mirada, sobre tu regazo”. Y esa sinonimia aparente de la noche con la muerte se torna en una antítesis semántica: la noche lo atrapa / la muerte espera. Y continúa su camino por “la conciencia presa de sombras y celosías”, por la seducción irresistible que provoca la imagen de un amor platónico –exquisita metáfora: “sonrisas…de almendras y azahar”-. Camina sobre la muerte –“el polvo”- y sobre las huellas de su aroma –nueva referencia a la mujer_. “Sobre el tejado” se asoma a una noche de insomnio, pero ella, siempre ella, le trae “La gran música”.

Por último, “Pétalos sueltos” es un conjunto de diecinueve estrofas breves donde relucen sus ojos –los de ella-, su boca, el amor, la noche, las tinieblas, el mar, la vida, el recuerdo o el deseo, retratados a modo de sentencias.

Se cierra este poemario con un soneto final que constituye el epílogo donde comenta el poeta el porqué de esta aventura poética: “Quise soñar que soñando se vivía / y este pobre sueño en ti despertaría”.

 

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