18 diciembre 2016

PORQUE TODOS ESTABAN VIVOS

Ramón Martínez López


“Todos estaban vivos”

Javier Bozalongo

Esdrújula Ediciones. Granada, 2016.

 

 

A veces, sólo a veces, la literatura nos sorprende revistiéndose de lo real maravilloso que nos concede la cotidianeidad y elevando nuestros miedos, anhelos, deseos y angustias a la categoría de epopeya desmitificada, pero enaltecida por la maestría de la escritura.

Este es el caso de la obra de Javier Bozalongo, Todos estaban vivos, una sucesión de veintiséis relatos cortos, encuadrados en dos partes tan sugerentes como sugestivas: Uno… (12 relatos)… Y los demás (14 relatos), que consiguen de una manera definitiva encarnar los valores de la literatura universal, convirtiendo los textos en artificio verosímil y la vida en materia fantástica novelable.

A esto hay que añadir que Bozalongo domina, como nadie, los tiempos, gracias a una escritura que une la concreción de la poesía a la precisión de la novela y a una fina ironía que acaba impregnándolo todo, incluso al lector, que termina por formar parte de este entramado ficcional que lo atrapa y lo descifra.

En este mundo arbitrario, la palabra Amor puede ser la más bonita del idioma español, pero también puede ser una cárcel que nos sepulta o una herida irrestañable, capaz de convertirnos en aquello que siempre hemos odiado o amado.

La infidelidad, la incomunicación o la falta de ella, la vida transmutada en migajas metafóricas de aliento estéril, la muerte burlona a manos de la literatura, la incomprensión de aquellos que un día quisieron ser uno y ahora mastican su orgullo y hasta se atragantan con él o la vida que nos pasa por encima, como un tren de mercancías, haciendo añicos cientos de sueños ahogados en alcohol.

Esperanzas, el alma en un reloj que marca un tiempo que nos salva o nos condena, haciéndonos minúsculos, pequeños seres desdibujados por el humo de un cigarro o agigantando nuestra sombra en una especie de equívoco milagro del que pronto hemos, sin más, de despertarnos.

O aquella imagen en la fotografía que poco a poco va desapareciendo y dejando al descubierto las ausencias irreparables de un tiempo que no respeta nada ni a nadie. Un tiempo que ahonda nuestras soledades, hasta convertirlas en silencios palpables de apagados gritos que no esperan ayuda.

En suma, fotografías, cartas, porciones de vidas que intentan aprehender lo que un día fueron y que ahora viven atrapadas en la fina neblina de un recuerdo borroso, aparecen aquí enmarcadas y tendiéndonos la mano en busca de consuelo.

He aquí, por tanto, la excelente labor de un autor que ha sabido dar forma a un microcosmos tan ficticio como real, convirtiendo a los seres que lo habitan en un espacio habitable para el lector que sólo puede mirar con perplejidad esta vida tan cercana a la suya.

Y siempre tomando como vehículo conector una ironía fina y sutil, vertebradora por la gracia y el ingenio de Bozalongo de un mundo alternativo, en el que “a pesar de los pesares” TODOS ESTABAN VIVOS.

 

 

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