13 noviembre 2016

JAZMINES PARA UNA BIZNAGA

José Sarria


JAZMINES PARA UNA BIZNAGA

Daniel Moscugat

Málaga, 2016

   

“Jazmines para una biznaga” de Daniel Moscugat, es un poemario íntimo, personal, en el que el amor se convierte en la piedra angular del texto y de la voz del poeta. Pero además, junto a esa miscelánea de poemas amorosos, acompañan a éstos una amplia panoplia de propuestas que tiene mucho que ver con su posicionamiento memorístico y existencialista ante la vida y sus acontecimientos.

Es preciso, como premisa, indicar con Ramón Pérez de Ayala, que el amor es uno de los temas eternos de la poesía, junto a Dios y a la muerte. Los poetas han hablado y hablarán, con distintas versiones, variantes o analogías de estos tres temas: Dios, amor y muerte.

El fecundo caudal de la tradición clásica de la literatura española ha venido a traernos magníficos poemas y extraordinarios libros, inspirados en el profundo, a la vez que convulsivo, sentimiento del amor. Parecía, al menos en España, que después de la Generación del 27, todo o casi todo lo relativo al amor ya estaba dicho. Poemarios como Un río, un amor o Donde habite el olvido, de Luis Cernuda, La destrucción o el amor, de Aleixandre (que encierra algunos de los poemas amorosos más intensos que se han escrito en nuestra lengua) o los definitivos La voz a ti debida y Razón de amor, de Pedro Salinas (con los que obtiene su consagración, y la condición de “poeta del amor”) suponen, cuando menos, la toma de ciertas precauciones por parte de los nuevos creadores a la hora de escribir sobre asuntos del corazón. Las comparaciones, por lo evidente, pueden resultar demoledoras. Y con estos recelos y, por qué no decirlo, cautelas, inicié mi lectura de la propuesta de Daniel.

Y aunque este no va a ser su último libro (espero que así sea), aún en la necesidad de progreso continuo que toda obra precisa (“palabra en el tiempo”, decía Machado), el texto empezó, poco a poco, a asirme, primero de las manos, a rodearme con sus brazos de palabras y, finalmente, a conquistar mi corazón desde la empatía y la complicidad que se genera a medida que se avanza en el texto.

Escrito desde la madurez del poeta (no es un libro juvenil, eso no), la poesía se convierte en redentora, en salvadora del cotidiano devenir (“y entonces comprendo que mi alcoba / es ahora una tempestad infinita”), convergiendo las emociones íntimas junto a los recuerdos de un amor encontrado o evocado (“con tus pies desnudos sigue caminando / para poder imaginarte”), que mantendrán un pulso continuo con el poeta, al igual que la imperiosa necesidad de espantar a la muerte, a las oscuridades, desde la propuesta poética (“estos versos dormían / y gracias a ella despertaron / para iluminarme”, dice el poeta). Su contenido, por tanto, no es exclusivamente el de un conjunto de composiciones amorosas (aunque serán mayoría), con toda la intensidad, con la pasión, el deseo y la emoción que produce en el poeta el descubrimiento de un nuevo amor (“abres los ojos y me miras, / y parpadeas y me acaricia la brisa, / y me miras y me iluminas”). Entre la admiración, la sensualidad y, a veces, cierto erotismo, se conforma un espacio propicio para todo cuanto el amor y la pasión puedan dar a los amates: ternura, emoción, celos, armonía, ayuda, caos, belleza, confianza, atracción, desorden interior… Unos asuntos del corazón difíciles de inventar, en los que el protagonista alcanza la plenitud, a través de esta bella anáfora del poema LA CIUDAD DEL MAR: “A su lado / un plenilunio lo es todo / y todos los plenilunios soñados / son sólo uno”.

Pero como indicábamos anteriormente, éste no es sólo un libro de amor, pues Daniel hace funcionar la memoria como método, tal y como nos enseñó Aristóteles, mediante un trabajo de establecimiento y de construcción del mundo. Daniel ha creado su mundo desde la reflexión, tomando como base la realidad en la que viven los seres humanos (amor, muerte, decadencia, esperanza…) y ha creado un mundo nuevo a través de un lenguaje bien cuidado y cultivado (se reconocen en él sus acumuladas lecturas de Dámaso, Auden o Santa Teresa). La historia, su historia, no es un mero acta notarial de su vida, ni una crónica o una autobiografía, pues el texto se convierte en rtealidad transubstanciada por el recurso del recuerdo, de donde van emergiendo evocaciones, imágenes, experiencias, playas, ciudades, con quien el poeta conversa o fantasmas que han ido entrando y saliendo del salón de la memoria del autor, a lo largo de su vida. Un hombre que conversa desde la terraza de su corazón, cuando la tempestad invade su conciencia y tambalea los cimientos de su guarida, como en el poema “Tal vez amor platónico”, que nos alumbra con este bello remate: “siendo una sonrisa y una mirada / una verdadera consigna / y sobrevivir una esperanza”.

No quiero dejar atrás el conjunto de poemas fragmentarios con que Moscugat ha querido rematar el texto. Un ramillete de greguerías o píldoras versales, desde las que nos invita, en un espacio intermedio entre la realidad y el silencio y al amparo de un lenguaje elíptico, a adentrarnos en un lugar de indagación existencialista, como cuando nos dice, por ejemplo: “Es olor a mar / el grito de las algas: / silencio de agua”, o este otro. “Pétalos de oro / tallo de primavera / espuma de luz”. Conjunto de poemas esencialistas rayanos con un hermetismo reflexivo que viene a conferir una intensa carga de profundidad al texto poético y en donde la voz interior del silencio se convierte en protagonista.

Cuando hablamos de un libro, y en concreto de un poemario, podemos deslizarnos por la trocha que nos lleva a buscar el análisis de su estructura, de sus quiebros rítmicos, de la construcción métrica o de los recursos estilísticos que ha podido utilizar el autor en la arquitectura textual. Nos perdemos en forrajes que ocultan la visión que existe detrás de la maleza y nos extraviamos en extensas disecciones meramente colaterales. Hablamos de laberínticos conceptos y obviamos aquello que decía Óscar Wilde: “el hombre no ve las cosas hasta que ve su belleza”. Y éste es el caso, pues Daniel Moscugat ha venido para desperezarnos, para decirnos que aún es posible, que el amor ha llegado, que aunque la muerte, la nada, esté presente, la vida, la esperanza es posible (“tu amor me alimenta / y la muerte… / la muerte, como siempre / espera”). Y todo ello, magistralmente hilvanado con la sutil mirada de quien ha superado miedos y temores (“presta atención a este verso, / ¿llueve sobre tu tejado?”).

De otro lado, y siguiendo las palabras del eterno Ezra Pound, el poeta no puede escribir algo que no sea capaz de decir en una conversación. Éste es el caso de Moscugat, en quien precisión y claridad van de la mano para crear una forma, un estilo muy singular de construir versos. Cimentado en un versolibrismo arriesgado, el autor hace alarde de un tono asequible, establece un mensaje cívico, urbano, incluso casi coloquial, siendo capaz de ensamblar, en paralelo, un lenguaje poético profundo, a la vez que absolutamente sensible; una poesía confesional, dotada de un realismo circunstancial, donde el centro del discurso lo componen aspectos y elementos de la más cruda cotidianidad, expresados desde el convencimiento de la claridad, pero elevados a trascendencia bajo la emoción evocadora del pasado y los recuerdos de un amor que por sublimado se convierte en inmarcesible.

Decía Rilke, en sus Apuntes de Malte Laurids Brigge que ”Se debería esperar y saquear toda una vida, a ser posible una larga vida; y después, por fin, más tarde, quizá se sabrían escribir las diez líneas que serían buenas. Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), los versos son experiencias”. Es lo que ha hecho Daniel Moscugat, pues después de muchos años de espera, al fin, ha sido capaz de ofrecernos su personal visión de la vida y de sus vicisitudes, como las del amor o la esperanza.

Jazmines para una biznaga es un bello conjunto de poemas de amor (amor, quizá, no concebido desde la vehemencia de la pasión juvenil, sino meditado y asumido como final de un camino conjunto), donde el candor de los años maduros entabla conversación con el recuerdo, con la reminiscencia del erotismo de las relaciones iniciáticas o con la evocación del deseo incontrolado de la adolescencia, para hacer de esa memoria, de esa añoranza, icono sagrado de las relaciones afectivas. Jazmines para una biznaga es, además, un espacio de reflexión, acerca de las cuestiones eternas que compelen a los hombres y es, en definitiva, un muy hermoso poemario escrito desde la madurez serena que imprime la distancia, gracias al milagro de la evocación de lo vivido que perdura como un sello en el corazón.

 

 

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